Breve historia de la medicina

   Un famoso médico del siglo VI afirmaba que no se podía ser un buen cirujano si no se tenían nociones claras de medicina. Y es evidente: ¿Cómo poder prac­ticar una operación quirúrgica sin conocer perfectamente el cuerpo humano y todos sus órganos?
   Y así, aunque nacida antes que la medicina, la ciru­gía no pudo realizar mayores progresos, sino hasta después de los que se hicieron en anatomía, fisiología y patología. Para tener noticias suficientemente precisas sobre las más famosas intervenciones quirúrgicas de la antigüedad, hace falta remontarse al año 3500 an­tes de Cristo, época de la cirugía egipcia.
   Los primeros en dejarnos una especie de tratado de cirugía, fueron los antiguos egipcios. Éstos, de acuer­do con lo que se puede leer en algunos papiros sacados a luz no hace mucho tiempo, estaban en condiciones de intervenir quirúrgicamente para curar lesiones traumáticas del cráneo, del rostro, del cuello y de la columna vertebral, a las que atendían con éxito.

No demasiada agua para el algodón

planta de algodon
   Aclaremos: la planta de algodón necesita lluvia y humedad en el período de crecimiento y primera maduración; pero cuando el fruto, que es una cápsula, se abre y surge del mismo el copo blanco de algodón, hasta un pequeño chaparrón es suficiente para arruinar la fibra, haciéndola fermentar.
   En consecuencia, las condiciones ideales se­rían: lluvia hasta la apertura de la cápsula, y sequedad después. Pero en este mundo no se puede tener todo. Los países tropicales son muy aptos para la primera parte del período vege­tativo, pero presentan el riesgo de las lluvias tardías que pueden arruinar la cosecha.
   Como aún no le es posible al hombre gober­nar el sol y las nubes, desde tiempos antiguos no ha habido más que una solución a este inconveniente: moverse para extender los cul­tivos hasta áreas más bien alejadas de los trópicos, pero con clima templado. La falta de agua puede remediarse con una buena irrigación. Por este motivo hallamos cultivos extensos de algodón en México, Brasil, Perú, Colombia, y en el sur de Europa, África, la región caucásica y Turquestán, Argentina y Chile.

¿Cómo funciona un ascensor?


   En los sótanos y subterráneos de algunas grandes ciudades todavía pueden verse algunos cientos o miles de pozos, estre­chos y profundos, en cuyo interior se mue­ve lentamente, de cuando en cuando, el largo émbolo de acero, bien engrasado y húmedo, de un ascensor hidráulico. En uno de sus extremos soporta una cabina y está movido por la presión directa del agua. Otros ascensores hidráulicos, de cabina suspendida, tienen un émbolo de reducidas dimensiones que está unido a un torno en el cual se arrollan unos ca­bles que pasan por unas poleas colocadas en la parte más alta del inmueble y de los cuales cuelga la cabina. Pero los aparatos de este tipo que aún funcionan aquí y allá no son más que unos supervivientes vene­rables que van cediendo el puesto a los ascensores eléctricos. El torno de éstos consiste en un tambor estriado que va provisto de un aparato reductor de veloci­dad, así como de poderosos frenos elec­tromagnéticos que permiten unas paradas extraordinariamente precisas. Ese tambor, naturalmente, es movido por un motor eléctrico. Por dentro de la jaula del ascen­sor se desplaza, además de la cabina, el contrapeso de la misma. El correcto movi­miento vertical de una y de otro está ase­gurado gracias a unas guías empotradas en la jaula.
   Entre los diversos dispositivos de seguri­dad del ascensor hay que mencionar el paracaídas. órgano mecánico destinado a bloquear automáticamente la cabina o los contrapesos dentro de sus guías en caso de velocidad excesiva en el descenso o de ruptura de los árboles de suspensión. Con la multiplicación de los edificios llamados "rascacielos" y con el gran aumento de los servicios administrativos, los ascensores modernos deben responder a estas nuevas exigencias. Por eso se automatizan cada día más.