Las bacterias, más útiles que perjudiciales

   Aunque causan mucho mal las enfermedades producidas por algunos tipos de bacterias, la realidad es que la mayoría de las bacterias no sólo son útiles, sino indis­pensables para el crecimiento de todo ser viviente.
Algunas de las más importantes son aquellas que viven en el suelo. Cuando tomamos un puñado de tierra no encon­tramos nada de particular. Al parecer, en ese puñado de tie­rra no ocurre nada. En realidad, tenemos en la mano un pe­queño mundo en el que se mueven millones de bacterias.
   Algunas de esas bacterias desempeñan el papel de briga­das de higiene. En la tierra hay muchas raíces muertas, mu­ñones de árbol e insectos sin vida. Sobre el suelo encontramos ramitas, troncos y los restos de plantas y animales muertos. Si todo eso no se descompusiera, se iría acumulando y el mun­do sería un inmenso basurero.
   La descomposición no ocurre sólo porque sí. Es el re­sultado de la labor de las llamadas bacterias de descomposi­ción que obtienen su alimento y su energía de las cosas muer­tas. Tan pronto como algo muere, las bacterias empiezan a trabajar, empleando jugos especiales que sirven para conver­tir la corteza, la hoja, o la carne y el hueso en formas más sen­cillas. Las bacterias microscópicas van convirtiendo esas cosas en substancias químicas más y más sencillas hasta que a la postre, vuelven a ser bióxido de carbono y otras substan­cias elementales.
   Las bacterias de descomposición contribuyen a la lim­pieza del mundo. También suministran a las plantas verdes la materia prima que necesitan para fabricar alimento o sea el bióxido de carbono. Si las bacterias no estuviesen constante­mente transformando las plantas y los animales muertos y li­berando bióxido de carbono, todo el bióxido de carbono que existe en el mundo, se acabaría en un espacio de treinta o cua­renta años.

Toronja o pomelo

   La toronja, llamada también pomelo o pampelmusa y pamplemusa, es el fruto de un árbol que pertenece a la misma familia que el naranjo y el limonero, y se presenta en el árbol en racimos, formados a veces por grupos de hasta 18 frutos. Por ello, es preciso muchas veces apun­talar las ramas para que no se rompan.
   La toronja tiene una historia interesante. Llevada a las Antillas y a la Florida por los españoles, al mismo tiempo que la naranja y el limón, sólo empezó a estimarse en América como fruto co­mestible a principios del siglo XX. El árbol es muy bello; sus hojas son de un verde obscuro bri­llante por encima y de un verde claro aterciopelado por debajo; sus flores blancas tienen un perfume muy fuerte y agradable, como las del naranjo.
   Durante mucho tiempo, se cultivó el árbol del toronjo en la Florida sólo como adorno. Sus frutos se considera­ban refrescantes y agradables; pero no se les ocurrió a los que lo cultivaban que pudieran tener valor co­mercial. No es, pues, de extrañar que el suelo situa­do debajo de esos árboles se cubriera de grandes toronjas jugosas que se pudrían al sol.

El poderoso Thor (mitología)


   Hace siglos que, según los mitos escandi­navos, vivía un poderoso dios joven llamado Thor. A él, se debían el viento suave y las lluvias de la tibia primavera que libraban a la Tierra de la es­clavitud del hielo y de las nieves invernales.
   Thor era un dios bueno y despreocupado, siempre pres­to para la aventura, que nunca se cansaba de pro­bar su gran fuerza. Podía cargar en sus espaldas gigantescas encinas y matar toros sirviéndose de sus manos.
   Algunas veces, para divertirse, cabalgaba por las montañas envueltas en nubes, y descargando su mar­tillo sobre ellas, las dividía en dos.
   Thor visitó en una ocasión Jotunheim, país de los gi­gantes congelados. El rey de los gigantes lo miró con mofa y le dijo:
   "¿Es este adolescente el poderoso dios Thor? Po­siblemente seas más poderoso de lo que pareces, ¿En qué ejercicios te consideras hábil?"
   "Probaré mis proezas bebiendo con cualquiera", dijo Thor echando fuego por los ojos.
   Oyendo esto, el rey, ordenó a su copero que trajera un enor­me cuerno lleno de vino y dijo:
   "Cualquier buen bebedor pue­de secar este cuerno de un solo trago".
   Thor se llevó el cuerno a los labios y bebió largamente, mas cuando lo quitó, el líquido ape­nas había disminuido. Tres ve­ces trató de vaciar el cuerno y fracasó, y por fin, lo arrojó co­lérico. Después, trató de levan­tar del suelo al gato del rey, pero sólo pudo levantarle una de las manos. Los gigantes se mofaban y gritaban diciendo: "¿Es éste el poderoso dios a quien se nos ha enseñado a te­mer".