¿Quién realizó el primer salto en paracaídas?

   Antes de la era cristiana, los acróbatas chinos ya utilizaban grandes sombrillas a guisa de paracaídas. Se lanzaban así desde lo alto de los acantilados, ante espectadores fascinados. En 1783, en Montpellier, el francés Lenormand repitió sin saberlo la téc­nica china: desde lo alto de una torre saltó al vacío provisto de dos sombrillas abiertas.
   Pero el primer salto verdadero con un paracaídas digno de ese nombre fue efectuado por el francés André Jacques Garwerin: el 22 de octubre de 1797 se elevó en globo a 700 m sobre París y tras haber cortado las cuerdas que unían la canastilla al globo, se dejó caer, llevado por su "globo-paracaídas", y aterrizó sobre el césped del parque Nonceau.
   El primer salto desde un avión data de 1912: el capitán norte­americano Albert Berry se lanzó al aire con un paracaídas.
   Pero ¿no es mayor hazaña todavía saltar sin paracaídas? en 1972, la aeromoza checoslovaca Vesna Vulovic cayó en caída li­bre desde un avión incendiado. Sobrevivió a esa caída de 10 160 m, ¡pero estuvo 16 meses en el hospital!

¿Cuándo se descubrió la pól­vora?


   No es posible señalar con exacti­tud cuándo se descubrió la pólvora: algunos afirman que los chinos ya la utilizaban en los siglos XI y XII, para lanzar armas arrojadizas o bien disparar con fu­siles rudimentarios.
   Sólo en el siglo XV llegó a conocer­se en Europa con bastante exacti­tud la pólvora, pero la paternidad del invento la reivindican muchas ciudades que alegan haber sido la cuna del inventor de la pólvora.
   El más conocido de entre los pro­bables inventores es un tal fray Bertoldo de Friburgo, a quien su ciudad erigió un monumento.
   Se dice que este fraile, mientras lle­vaba a cabo experimentos en su la­boratorio, combinó los elementos integrantes de la pólvora. Una chis­pa accidental prendió en la mezcla y la consiguiente explosión le arran­có de las manos la tapadera o el mortero. Quienes introdujeron los primeros conocimientos acerca de la pólvora fueron los árabes, que habían aprendido su utilización de los chinos, con los cuales man­tenían relaciones de tipo comercial. La pólvora se difundió muy pronto por todo el mundo y fue causa de grandes males, aunque también se utilizó con numerosos fines pací­ficos.

¿Por qué nuestro cuerpo preci­sa de alimento?


   Las células que forman nuestro cuerpo necesitan, para poder ser constantemente eficientes y llevar a cabo su misión, de unas substan­cias vitales llamadas hidratos de carbono e integradas por tres ele­mentos químicos: el carbono, el oxí­geno y el hidrógeno.
   El organismo humano transforma los hidratos de carbono en glucosas, de suerte que las células puedan aprovecharlos. Utilizando una com­paración muy común diremos que el azúcar o glucosa es, para nuestro cuerpo, lo que la gasolina para el automóvil: el carburante.
   Aparte los azúcares, nuestro orga­nismo precisa también de otras substancias muy importantes: las grasas y las proteínas. Las primeras proporcionan, en igualdad de peso, nada menos que el doble de substancia que las glucosas. Todos estos elementos citados, es decir, los hidratos de carbono, las grasas y las proteínas, se encuen­tran abundantemente en los distin­tos alimentos que ingerimos cada día. Comer se convierte, por tanto, en una absoluta necesidad para el hombre, ya que la comida suminis­tra al organismo los elementos que le dan la energía que necesita para funcionar como es debido.
   La cantidad de energía que los ali­mentos desarrollan ha sido calcu­lada por los científicos por medio de una unidad de medida llamada ca­loría. El cuerpo humano precisa de un número distinto de calorías, se­gún la actividad que desarrolle. Si para un trabajo ligero pueden ser suficientes 3.000 calorías, para un trabajo pesado serán indispensa­bles 4.500 calorías diarias.