Las fascinantes serpientes

   Por lejana que sea la época de la Historia a que nos remontemos, siempre tropezare­mos con la extraña fascinación que las serpientes han ejercido sobre los hombres. En tiempos antiguos, eran adoradas como dioses o como amigas de ios dioses. Entre los griegos, estaban dedicadas a Esculapio, dios de la Medicina. El papel que la ser­piente jugó en el Paraíso Terrenal es conocido de todos. En la Edad Media, se presentan íntimamente relacionadas con la magia negra y con los malos es­píritus, e infinidad de leyendas están basadas en serpientes monstruosas que guardan fantásticos teso­ros o que viven en el fondo de los mares. La mayor parte de la gente, incluso en los pueblos modernos civilizados, continúa viéndolas con una injustificada repugnancia y gran espanto. Muy a menudo, oímos exclamar: "no sé por qué, pero las serpientes me hacen estremecer". Esto no se debe al miedo de ser envenenados, porque este mismo sentimiento existe ton respecto a aquellas que se sabe que no causan daño alguno.
   Lo cierto es que las serpientes tienen una apa­riencia y unas costumbres que intrigan o causan temor.
En primer lugar, nunca cierran los ojos; no pueden hacerlo porque no tienen párpados, sino tan sólo unas membranas transparentes protectoras, ori­ginadas por evolución de ambos párpados. Tal es la causa por la que la mirada de estos reptiles sea fija y vidriosa; esto ha contribuido a la falsa creencia popular de que son capaces de hipnotizar a su presa. Otro hecho sorprendente es el que una ser­piente, al desprenderse de su vieja piel, aparece de nuevo limpia y brillante, con otra indumentaria. Es­ta rara propiedad hizo creer a los pueblos primiti­vos que las serpientes eran inmortales y podían re­novarse y empezar de nuevo su vida. Se suponía que incluso cortadas en dos partes, cada una de ellas se arrastraba hasta encontrar a la otra, y entonces, se soldaban y formaban de nuevo el cuerpo del rep­til. Realmente lo que les pasa es que la piel de la serpiente, en vez de caer en trozos o en pequeñas escamas que se des­prenden sucesivamente, como pasa en la mayor par­te de los lagartos y en el hombre mismo, es cambia­da de una sola vez. La parte desprendida es lo que se llama camisa de la culebra.

serpiente

Serpientes

serpiente1


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Serpiente de cascabel






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¿Cuál es el origen de la semana?

    La división del mes en cuatro semanas de siete días tiene su origen en parte en las fases de la Luna (luna nueva, cuarto creciente, luna llena y cuarto menguante), que están separadas por unos siete días.
   El número siete fue también considerado como sagrado por la antigua Babilonia, donde por primera vez aparece esta división del tiempo. Los chinos y los peruanos antiguos usaron ya la semana de siete días. La historia bíblica del Génesis supone seis días para el trabajo de la creación, con el séptimo de descanso: el sabbath judío (sábado). La Iglesia cris­tiana adoptó el primer día de la semana (domingo), en el que Cristo resucitó, como su día sagrado de descanso.
   La Revolución Francesa trató de introducir la década o período de diez días en lugar de la semana, pero aun en la misma Francia, sólo se usó durante unos pocos años.
   Entre los católicos, el domingo, día del Señor, es el primer día de la semana; entre los judíos, el sá­bado; y entre los árabes, el viernes, día en que el arcángel San Gabriel entregó El Corán a Mahoma, según las creencias musulmanas.
   He aquí los nombres de los días de la semana y sus vocablos de origen, para que el lector pueda advertir la re­lación existente entre ellos:
Lunes - Luna

Martes - Marte
Miércoles - Mercurio
Jueves - Júpiter
Viernes - Venus
Sábado - Shabbath (hebreo)
Domingo - Dóminus (Señor)

Hazaña sobre las cataratas del Niágara

   Un día del verano de 1855, Jean-Francois Gravelet, apodado "Charles Blondín", afamado equilibrista francés, hacía prepa­rativos para intentar la travesía por la parte oriental de las ca­taratas del Niágara caminando sobre una "cuerda": un cable de 7 cm de grueso y enganchado a 90 m de altura para evitar que lo derribara la fuerte brisa que se levantaba por la caída del agua.

   El público aplaudió y lanzó gritos de apoyo. Luego, todo el mundo contuvo el aliento al seguir con la mirada la silueta del equilibrista que avanzaba con pasos cortos muy por lo alto sobre las turbulentas aguas. Tenía que recorrer una distancia de 355 metros.
   Cuando por fin llegó al término de su vertiginosa travesía, los re­porteros y la multitud de curiosos corrieron hacia él, con entusiasmo. . . ¡y con alivio!
   En cuanto a Blondin, quedó tan contento con su experimento que lo repitió once años mas tarde y, en esta ocasión, ¡llevó sobre sus hombros a su empresario!