La Batalla de Lepanto

ORÍGENES DE LA BATALLA DE LEPANTO
La Batalla de Lepanto
por Paolo Veronese
   LA Europa de la segunda mitad del siglo XVI vivía bajo el influjo de dos trascendentales acontecimien­tos: el descubrimiento de América y de las grandes rutas oceánicas, y la amenaza turca.
   Los descubrimientos de los marinos portugueses y espa­ñoles habían despertado el interés de los sabios y geógrafos europeos y la codicia de diversos gobiernos, pero también habían trastornado la tradicional economía europea; en pri­mer término, habían disminuido el papel de las ciudades comerciales del Mediterráneo, y afectado en gran parte su influencia política. La conquista de Constantinopla por los turcos (1453) no habla significado la terminación de una campaña, sino el comienzo de una nueva serie de invasiones, que amenazaban a los Balcanes primero y, todo pa­recía demostrarlo, a la Europa central íntegra después.
   En efecto, se veía claro que si los turcos se consoli­daban en los Balcanes y lograban poner el pie en la meseta de Bohemia (actual Checoslovaquia), podrían intentar con éxito la conquista de la llanura alemana y luego, hasta de Europa occidental. Examinado con criterio moderno, ello hubiera representado un considerable retraso para el pro­greso cultural y político europeo y universal, pero, aun des­de el punto de vista de un gobernante del siglo XVI, hubie­ra sido un peligro no menos grave, el de la destrucción, en pocas décadas, de todo el sistema de Estados existente.


LA AMENAZA TURCA
Los turcos habían logrado imponer su dominación sobre todos los países musulmanes, hasta entonces divididos y con frecuen­cia enzarzados en guerras intestinas, y habían lanzado todo su poder militar contra los Estados europeos. Primero habían ata­cado a los Estados balcánicos y los habían conquistado; en los comienzos del siglo XVI resultaba evidente que los turcos se disponían a continuar su avance hacia el norte. Si habían con­quistado con facilidad y rapidez a los pequeños Estados feuda­les del sur de la península balcánica, estaban encontrando una re­sistencia mayor en Austria y en Hungría. Para doblegar a estos dos países tenían necesidad de dominar el Adriático, tanto para llevar por ese mar sus tropas y aprovisionamientos militares, como para impedir que llegara ayuda a los dos países atacados. El Adriático había sido un mar dominado por Venecia, pero esta ciudad tenía comprometida su influencia comercial, debido a la apertura de las nuevas rutas oceánicas, y, por consiguiente, su poder naval. Esta situación era grave, en razón de que se ma­nifestaba más agudo el peligro de la amenaza turca.
   Un indicio de la disminución del poder naval veneciano lo constituía la pérdida de todas las posesiones insulares que esa ciu­dad había tenido en el mar Egeo: isla tras isla había ido cayendo en poder de los turcos, quienes en 1570 habían logrado apoderar­se de Chipre, la más importante de todas. Venecia, por consiguien­te, no estaba en condiciones de en­frentar sola a los turcos.
   Así lo comprendieron el papa Pío V y el rey de España, Felipe II, quienes habían procurado reu­nir una fuerza militar europea pa­ra batir a los turcos. Pero la ac­ción de estos dos jefes de Estado sólo había encontrado eco en los países más directamente afecta­dos por la amenaza otomana, las ciudades comerciales del Medite­rráneo. Igualmente las ciudades no se ponían de acuerdo en cuanto a la estrategia militar. Sus jefes respectivos, además, se disputa­ban el mando de la flota y la for­ma de las operaciones.


LA SANTA LIGA
Felipe II se había apercibido del peligro que los turcos represen­taban para el futuro de Europa y propuso la creación de una confe­deración o Santa Liga, que reu­niera las fuerzas militares de la Iglesia, de España y Venecia, cu­yo mando debía ejercer su her­mano, don Juan de Austria. Has­ta ese momento, los países medite­rráneos interesados no lograban concretar una acción definida. Las flotas veneciana, papal y genovesa reunidas desde hacía un año en Mesina, no habían atinado a iniciar una acción mi­litar contra los turcos, que sitiaban la fortaleza de Famagusta, en Chipre, aislada y en peligro merced a que los turcos tenían prácticamente el dominio naval en el mar Egeo, como consecuen­cia de la tan prolongada inactividad de las flotas cristianas. La proposición de Felipe II y del Papa vino a terminar con ese estado de cosas. En mayo de 1571 se firmó un tratado y se defi­nieron las finalidades de la alianza. Y la flota, reunida en Me­sina con el refuerzo de las naves españolas, se puso en marcha el 17 de septiembre de 1571. Don Juan de Austria, antes de levar anclas, celebró consejo con sus generales porque así se lo había ordenado el rey, su hermano, temeroso de un error militar; y como sus principales capitanes, Alvaro de Bazán, Requesens, Car­dona, Barbarigo, Colonna y Alejandro Farnesio, compartían su opinión, decidió ir directamente contra el enemigo. El 5 de oc­tubre llegó a Corfú, y, estando allí, se tuvo noticia de la caída de Famagusta y la suerte corrida por sus defensores, extermi­nados sin excepción. La noticia encendió aún más el deseo de combatir y al amanecer del día 7 la flota zarpó rumbo al sur.


LA FLOTA EN MARCHA
La formación, integrada por más de 300 naves, llegó a las po­cas horas frente a las costas de Albania, en donde una ga­lera mandada por Juan Andrés Doria dio aviso de que había avistado la flota enemiga. La escuadra turca se componía de unas 250 embarcaciones, tripuladas por unos 120.000 hombres, entre soldados y marinos, a las órdenes de Alí Bajá. Don Juan de Austria mandó enarbolar el estandarte de la Liga, que equi­valía a la orden de iniciar el combate. Al hacerlo así desoyó el consejo de algunos generales que a última hora temían por el resultado y afirmó que "no era ya hora de consejos sino de com­batir". Su afán de trabar combate no era fruto del ardor juvenil (¡tenía 26 años de edad!) sino de la convicción de que lograría el triunfo, pues acababa de recibir la noticia de que se había separado de la flota la escuadra de Uluch Alí, "el Argelino".


LA HISTÓRICA BATALLA DE LEPANTO
La escuadra de la Liga se presentó correctamente formada y divi­dida en tres cuerpos: el de la izquierda era mandado por el veneciano Barbarigo; el de la derecha por el genovés Doria, y el del centro, com­puesto por 63 naves, a las órdenes del generalísimo; además, a retaguar­dia marchaba una reserva de 35 buques, a las órdenes de don Alvaro de Bazán, con la misión de acudir al sector más apremiado y comprometido.
   Las flotas, tras un breve fuego de artillería, se movieron a fin de in­tentar el abordaje de las embarcaciones enemigas. Las naves turcas tu­vieron su primer encuentro con las seis galeazas venecianas, poco mari­neras y fuertemente artilladas, que navegaban a la vanguardia. Alí Bajá, el comandante turco, sorteó esas embarcaciones, desdeñando trabar com­bate con ellas, y envió sus buques contra las galeras, fragatas y bergan­tines que componían el grueso de la flota española mandada por el comen­dador mayor de Castilla, Requesens. Poco a poco, las naves turcas se encontraron enzarzadas en combate con los barcos de la Liga. Los solda­dos combatían sobre las cubiertas propias o enemigas, tal como en una batalla sobre tierra firme. En el combate resultó gravemente herido, y posteriormente quedó inútil de la mano izquierda, el insigne ingenio español don Miguel de Cervantes, quien combatía a bordo de la fragata La Mar­quesa; cuenta la tradición que Cervantes se encontraba enfermo, no obstante lo cual se levantó del camastro para ocupar su lugar en la batalla.
   El violento combate continuaba hacía varias horas, cuando don Juan de Austria tuvo la idea de libertar y armar a los galeotes, ofreciéndoles la libertad a cambio de su participación en la lucha. La intervención de los galeotes decidió el combate. El almirante turco, cuya nave combatía engarfiada contra la capitana española, murió de un tiro de arcabuz, y al po­co rato se rindió la tripulación sobreviviente. Muy pronto comenzaron a rendirse otras naves turcas, hasta sobrepasar el centenar. Los barcos otomanos que lograron liberarse del abordaje pusieron proa al sur.
   La batalla de Lepanto fue un terrible revés para los turcos, que vieron así definitivamente impedido su avance por Austria y Hungría. Don Juan de Austria intentó explotar la victoria mediante una campaña en Grecia, a fin de preparar la reconquista de las islas del Egeo. Pero, una vez más, influyeron las antiguas rivalidades. Muy pronto, en efecto, Venecia firmó un acuerdo secreto con los turcos, por el cual negaba su apoyo a toda acción militar efectiva que los españoles llevaran contra ellos. Sin embargo, al carecer del dominio del mar, las conquistas turcas dejaron de ser un peligro para Europa central y occidental.