Historia de la moneda

   La aparición de la mone­da se remonta a épocas muy primitivas, cuando las agrupaciones humanas seleccionaban el más abundante de los artículos que poseían para emplearlo como medio de cambio.
   La primera actividad económica del hombre fue la recolección de los frutos de la tie­rra. Más tarde se dedicó también a la caza, que le suministraba carne y pieles, es decir, alimento y abrigo. Las pieles sirvieron en­tonces de moneda, hasta que fueron remplaza­das por el ganado durante la etapa pastoril. La agricultura marca la tercera etapa de la economía, en la que el cambio se realiza por medio de los productos de la tierra. Poste­riormente, objetos de adorno y manufacturas diversas cumplieron también esa función. Los indígenas de América cambiaban su oro a los españoles por collares de vidrio y otras ba­ratijas.
   A medida que el hombre progresa y sus ne­cesidades aumentan, ni las pieles, ni los ga­nados, ni los productos agrícolas cumplen sa­tisfactoriamente las funciones de la moneda y, en consecuencia, se los remplaza por pie­zas de metal.

El magnetismo, ¿Qué es?

EL MAGNETISMO
Un determinado mineral de hierro, un óxido (cuya fórmula es Fe3 O4) llamado magnetita, tiene la propiedad de atraer cual­quier objeto de hierro, como alfileres, clavos, limaduras, etc. Este mineral fue conocido por los antiguos, siglos antes de Cristo; se hallaba abundantemente en Magnesia (ciudad per­teneciente al antiguo reino de Lidia, en Asia Menor), de don­de tomó el nombre de magnetita. Los objetos que tienen la propiedad de atraer el hierro en general, se llaman imanes, y pueden ser naturales o artificiales. Aquéllos se hallan en la naturaleza y a éstos los produce el hombre. Por ejemplo, de­jando un trozo de hierro junto a un imán natural cierto tiempo, se magnetiza. Lo mismo sucede con una barra de hie­rro alrededor de la cual se enrolla, en espiral, un hilo metá­lico recorrido por una corriente eléctrica (continua). Pero, de esto nos ocuparemos al referirnos al electromagnetismo.
Los imanes pueden tener distintas formas: de barras, de he­rradura (¿quién no ha tenido de niño alguna en el bolsillo?), o bien en forma de delgados rombos alargados que giran sobre un perno que los sostiene. Ésta es la famosa aguja magnética, que toma siempre la posición norte-sur, y que, como ya sabe­mos, se utiliza en la brújula.

El éxito de los helicópteros


   El helicóptero, que es el más joven de los aparatos aeronáuticos, está siendo empleado cada vez más en casi todos los campos de activi­dad. Su éxito se basa, sin duda, en su versatilidad, ya que combina algunas de las cualidades que eran típicas de los dirigibles con otras que son propias de los aeroplanos. Decisiva es sobre todo su capaci­dad de despegar y aterrizar verticalmente, utilizando un campo de ma­niobras muy reducido. Esto le permite intervenciones prác­ticamente ilimitadas en toda clase de situaciones: salvamentos en lu­gares inaccesibles, como montañas, heleros o pequeñas islas perdidas en el mar; rápidos desplazamientos que pueden permitir el estableci­miento de puentes aéreos en situa­ciones de emergencia; vuelos ba­jos a escasa velocidad para la fu­migación de zonas boscosas con substancias antiparasitarias; etc.