¿Qué queda cuando muere una estrella?

   Una gigante roja, una estrella cercana al fin de su vida, es inestable y es de esperarse que principie a cambiar. De pronto sopla sus capas exteriores y las lanza al espacio exterior, que se ven como un enorme anillo de humo. Estos anillos se llaman nebulosas planetarias, por­que se asemejan a un brumoso planeta, cuan­do se observa por medio de un telescopio pequeño.
   Se pueden ver varias nebulosas planetarias desde la Tierra. La que se muestra en la foto es la nebulosa de anillo en la constela­ción de la Lira. En el centro de la nebulosa está todo lo que queda de la estrella original —una pequeña enana blanca.
   Esta enana blanca, como del tamaño de la Tierra, es de 1 000 a 10 000 veces más peque­ña que la gigante roja de la que se formó, pero es muy densa. Sólo una cucharada de materia de la enana blanca pesará como 10 toneladas.

¿Pueden hablarnos del pasado las rocas?

   Los geólogos, o sea, los científicos de la Tierra, estudian las rocas terrestres. Las rocas más antiguas se formaron antes de que principiara la vida. Ellas les dicen a los geólogos como se veía la Tierra durante sus primeros 200 millo­nes de años. Las rocas más recientes a menudo contienen fósiles, los restos de plantas o animales que existieron hace millones de años. Nosotros podemos saber la edad de los fósiles, a partir de la edad de las rocas.

¿Qué fue el Rocket?

   El Rocket de George Stephenson corrió por primera vez para el público en 1929. El año siguiente ganó el primer premio de 500 libras como la locomotora mejor y más rápida que operaba en el nuevo Ferrocarril de Liverpool a Manchester, inaugurado en ese año de 1 830. En septiembre 27, el día de la inauguración, el Rocket zumbó y silbó a lo largo de la línea del ferrocarril a 47 kilómetros por hora. Esta era más de cuatro veces más rápida que la anterior máquina de ferrocarril de Stephenson, la Lo-comotion (véase la página anterior) y, desde luego, más rápida que cualquier otra locomo­tora en la exhibición de 1 930. En una época en la que los transportes jalados por caballos eran todavía la costumbre, nunca se habían movido a más de 20 kilómetros por hora, y esta loco­motora mostró que los ferrocarriles habían lle­gado para quedarse.





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