Las huellas del diablo

   El hecho: Las huellas del diablo. Cuándo: El 8 de febrero de 1855.
   Dónde: Las ciudades del sur de Devonshire, Inglaterra (Topsham, Lympstone, Exmouth, Teignmouth, Dawlish).
   El misterio: La nieve cayó en abundancia la noche del 8 de febrero en Devonshire. La mañana siguiente, un panadero de Topsham se detuvo en la puerta de su negocio. Para su sorpresa, vio huellas, todas en una misma línea, que llegaban hasta un metro de su negocio, luego giraban a la derecha hasta una pared de ladrillos de 1,50 metros y continuaban en la parte superior de la pared. Las huellas fueron vistas también por otras personas en los techos de las casas, en patios ce­rrados, en campos abiertos, sobre las parvas de heno, sobre paredes de 4 metros de altura, sobre un estuario de 3 kilómetros. El rastro parecía el de un caballo pequeño que midiera de 4 a 5 cm de ancho y alrededor de 10 cm de largo. Las huellas estaban separadas a 20 cm en una sola línea. Para que una misma criatura hubiera hecho todas las marcas que aparecieron esa mañana, tendría que haber cu­bierto 100 kilómetros en 13 horas a una velocidad promedio de 9 zancadas por segundo.

¿Cómo se mantiene de pie un trompo cuando se lo gira?

   Cuando el eje de la peonza o trompo está absoluta­mente vertical, la única rotación que se manifiesta es el girar de la peonza sobre este eje. Pero si ésta se inclina al perder velocidad, el eje describe un cono cuyo vértice es el clavo de la peonza: se trata del movimiento de precesión, que puede ir acompañado de pequeños balanceos (el movimiento de nutación). ¿Por qué el trompo, una vez lanzado, se mantiene en equilibrio, "de pie" y "solo"? La res­puesta es la misma que damos al hablar del diábolo.
   Esta estabilidad del eje de rotación es la misma que permite que ruede un aro o que se pueda montar en bicicleta.

¿Cuándo se empezaron a estu­diar las estrellas por primera vez?


   ¿Por qué sale y se pone el Sol? ¿Por qué algunas estrellas son más lumi­nosas que otras? El hombre se preocupó de dar una respuesta a estos interrogantes y a otros muchos mez­clando a menudo datos de valor científico, basados en la observa­ción y la reflexión, con creencias fantásticas. Entre los pueblos adora­dores del Sol descollaron los egip­cios y los aztecas, que dedicaron a su máxima divinidad templos colo­sales. Aparte las creencias religio­sas y mitológicas, los estudios as­tronómicos más antiguos que han llegado hasta nosotros se remon­tan a 3.000 años a. de J.C. De esa época datan asimismo los primeros relatos de acontecimientos astronó­micos excepcionales (como, por ejemplo, los eclipses), que se ini­cian coincidiendo con la consolida­ción de las primeras grandes civi­lizaciones. Sin embargo, únicamen­te los griegos, con Eratóstenes e Hiparco, se esforzaron por aportar una explicación científica a los co­nocimientos astronómicos de su época. Sobre esta base se fundarían los estudios astronómicos posterio­res, que en el siglo II d. de J.C. sin­tetizó Tolomeo en su Almagesto. Según estas teorías, la Tierra se encuentra en el centro del universo, y a su alrededor giran los planetas y las estrellas. Es la teoría que se conoce con la denominación de geo­centrismo.