Miguel Cané

MIGUEL CANÉ (1851 -1905)
   Uruguay fue su cuna, pero no había transcurrido un año cuando, a la caída de Rosas, las playas argentinas lo acogieron para siempre.

   Su lucha, su mensaje, debían darse en condiciones especialísimas. Sobre las gastadas huellas del caudillo empezaban a levantarse las tribunas de los civilistas; el viril ululato de la montonera se perdía en la leyenda, mien­tras la voz de los grandes maestros se alzaba en medio de una juventud entusiasta.
   Cané tomó su sitio, dijo lo suyo, dejó mucho de sí a lo largo de su trayectoria como político, periodista, diplomático y literato.
   Intervino en política en su carácter de afiliado al partido autonomista; fue periodista de combate en "La Tribuna" y "'El Nacional"; ganó una banca de diputado, desempeñó destacados cargos —director general de Co­rreos, intendente de Buenos Aires, ministro del Interior y de Relaciones Exteriores y Culto y decano fundador de la Facultad de Filosofía y Letras—, fue senador y representó a la República ante varios países.

Oculto 30 años

   Cuando Manuel Cortés, el alcalde de la localidad española de Mijas, desapareció en marzo de 1939, fue algo que pareció tener poco efecto en su familia. Sus vidas se mantuvieron impertubables, mientras que fracasaban los esfuerzos de los amigos y la policía en encontrar a Manuel.
   Como alcalde, Cortés había promovido la educación gratuita para todos y repartido algunas de las fincas más grandes para los trabajadores sin tierra. Durante la amarga Guerra Civil Española (1936-1939), Cortés se había aliado con los republicanos contra los rebeldes nacionalistas del general Francisco Franco. Pero después de la victoria de Franco, Cortés fue marcado para ser ejecutado debido a sus simpatías en tiempos de guerra.
   En lugar de ponerse por delante del pelotón de fusilamiento, Cortés de treinta y cuatro años de edad, se escondió en un espacio hueco que había entre dos paredes de la casa paterna, al que se entraba a través de un agujero oculto por una gran pintura. A partir de entonces, pasó sus días en ese espacio reducido, sentado en una silla de tamaño infantil, comiendo lo que su esposa, Juliana, secretamente le traía en una canasta cubierta. Salía sólo después de que había caído la noche.
   Juliana emprendió varias pequeñas empresas para apoyar a Manuel y su hija: comercializó huevos, se dedicó al secado de manojos de hierba para la fabricación de sacos, y también trabajó como taxista. Gracias a sus ingresos, la familia se mudó a su propia casa. Juliana llevó clandestinamente a su esposo por las calles después de la medianoche, disfrazado como anciana. A través de su larga y autoimpuesta desaparición, Cortés pasó su tiempo leyendo, escuchando la radio, y ayudando a Juliana a secar la hierba y a llevar las cuentas. Desde su escondite, podía mirar por una mirilla parte de la calle. Cuando su hija se casó, vio la boda a través de un ojo de la cerradura.
   El 28 de marzo de 1969—treinta años después de que su exilio comenzara—oyó por la radio que Franco estaba ofreciendo el indulto a los perseguidos políticos de la guerra civil. Después de que se oficializó su perdón, el viejo radical español salió a la luz del sol por primera vez en tres décadas.

Treinta y cinco años desaparecido

Carrera a las riquezas (Rush to Riches)

   Un día de 1895, un obrero de Massachusetts, Edward Rush, tenía lo que parecía ser su última discusión con su esposa. Enfurecido, salió de la casa sin más explicaciones y desapareció. Treinta y cinco años más tarde, el 15 de noviembre de 1930, su esposa e hijas respondieron a una llamada a la puerta y encontraron a Rush de nuevo en el umbral. El hombre les declaró que había viajado "Alrededor del mundo varias veces. Es un cuento de las Mil y una Noches". Durante sus treinta y cinco años de ausencia, Rush había buscado su fortuna en el Oriente y los Mares del Sur—y la había encontrado. Mostrando puñados de joyas y un montón de dinero en efectivo, anunció a su sorprendida familia: "Soy rico. Somos ricos". Cuando se le preguntó por qué les había abandonado, Rush respondió sin inmutarse, "Me fui por impulso y volví de nuevo por impulso. Así de simple".