¿Cómo nació el mito del Minotauro?


   En la isla de Creta, en el lugar en que se le­vantaba la importante ciudad de Cnosos, las impresionantes ruinas del inmenso palacio real, con su gran número de aposentos, pasillos y galerías de planta tan complicada, nos recuerdan inmediatamente la antigua leyenda del Minotauro.
Era éste un ser monstruoso, medio toro y medio hombre, que habitaba en el famoso Laberinto, un edificio con una red tan complicada de pasi­llos que quien entraba en él ya no conseguía salir. Al Minotauro de­bían sacrificarse cada año siete mu­chachas y siete jóvenes enviados desde Atenas, que había sido derro­tada por Minos, rey de Creta.
El príncipe ateniense Teseo decidió acabar con semejante situación y se atrevió a enfrentarse con el monstruo. Lo mató y consiguió sa­lir del laberinto, gracias a un truco que le sugirió la hija del rey, Ariadna, quien se había enamorado de él.
Es difícil saber cómo nació esta le­yenda, una de las más famosas de la mitología griega. Tal vez nos pue­da facilitar alguna indicación al res­pecto el hecho de que, en la arena de Cnosos, se celebraban unas «tau­romaquias», es decir, una especie de corridas en las que los atletas agarraban al toro por los cuernos, para después saltar por encima de su lomo tal como nos muestran las pinturas murales.

¿Qué son los calambres?


   Los calambres son espas­mos o contracciones muy fuertes de los músculos vo­luntarios, generalmente de las extremidades. Ocasionan do­lor y suelen producirse tras la realización de ejercicios gim­násticos o deportivos en los que se suda abundantemente. Es precisamente esta sudoración la que hace que los mús­culos se contraigan, ya que el cuerpo pierde gran cantidad de agua y de cloruro sódico, elementos imprescindibles

para el relajamiento y la dis­tensión muscular. Existe tam­bién otra causa responsable de la aparición de calambres: un estado neurótico de mucha concentración y ejercicio con­tinuo. Es el caso de los deno­minados calambres de pianis­tas y escribanos.

Muy

¿Se pueden contar las estrellas?

   Con una mirada atenta al firmamento en una noche despejada nos parecerá que ve­mos un número infinito de estrellas. Pero en reali­dad, nuestros ojos no captan más que unas 6 000 en total. Sin embargo, con las fotografías tomadas por los grandes telescopios, los astrónomos pueden, li­teralmente, contarlas por millones.

   Los astrónomos no se limitan a contar las estrellas; también quieren saber exactamente dónde está cada una en la bóveda celeste, para registrarla en su ca­tálogo. Aun antes de que se inventara el telescopio, hacia 1600, los astrónomos ya habían establecido la posición de to­das las estrellas perceptibles a simple vista, utilizando visores tan sencillos co­mo la mira de los rifles.