El piano

   Suele creerse que el clavicémbalo y la espineta son los antepasados del piano, pero su principio es enteramente diferente: sus cuerdas no son golpeadas por macillos, sino que son pulsadas por medio de plectros de pluma de cuervo. El clavicordio es el instrumento que precedió al piano.
   Tanto si se trata del piano vertical, del solemne piano de cola de los grandes conciertos, del de media cola o del de cuarto de cola, el instrumento comprende siempre una caja de madera, que los ebanistas construyen con cuidadoso celo, un teclado y un mecanismo que transmite la acción de la tecla al macillo y del macillo a la cuerda (aquí interviene un sistema de doble escape, debido a Pierre Erard, 1822). Una tabla de resonancia o de armonía, superficie plana de madera de abeto, encima de la cual están situadas las cuerdas tensas, tiene la misión de aumentar la sonoridad por medio de su propia vibración. Las teclas, pequeñas palancas de madera de tilo, al bascular sobre una punta metálica, hacen que los macillos golpeen las cuerdas.
   Para fabricar los macillos, que deben resistir el filo de las cuerdas y conservar cierta elasticidad, se emplea la madera de carpe o de nogal. Se recubren con tres capas de fieltro, fabricado con lana procedente de merinos de América del Norte o de África del Sur y asociado a piel de alce o de gamo. Las cuerdas son de acero, triples en los registros agudo y medio. Las más graves, que están envueltas con hilo de cobre, como las cuerdas graves del arpa y el sol del violín, se denominan entorchadas. Se sujetan por uno de sus extremos en unos clavos situados en una mano de metal, y por el otro en clavijas, hincadas en un clavijero de madera, en torno a las cuales puede enrollarse al objeto de que sea posible variar su longitud para afinarlas. El ejecutante dispone de dos pedales: el pedal de apoyo o intensidad y el pedal apagador o sordina.