Vida de Bartolomé Mitre

   SU vida comienza bajo una blusa de tipógrafo y termina en una constelación de inmortalidad ya que es considerado, al igual que Vicente Fidel López, entre los mejores historiadores argentinos.

Hizo historia, también, durante su periodo de gobierno, en el que encauzó al país por el camino del progreso moderno (1862-1868), como orientador de la opinión en su gran diario "La Nación" (desde 1870) y, por último, durante su larga vejez, como patriarca democrático.

   Fue un hombre de múltiples valores: temíanlo en la guerra por calculador e impetuoso; respetábanlo en los parlamentos por su erudición; admirábanlo en las ciencias por su disciplina en la investigación; lo ovacionaban en las letras por castizo e ingenioso; los hogares lo ponían por ejemplo de austeridad; en la calle, en las tertulias, era buscado por su espontáneo atractivo varonil.

   Su producción literaria comprende poesías (principalmente escritas durante su juventud), novelas, traducciones, artículos periodísticos, biografías y obras históricas, además de sus numerosos discursos.
Sin mengua para su talento literario rayó a gran altura como his­toriador sereno, imparcial, estudioso de los testimonios del pasado a la par que de las experiencias de su época; penetrado del verdadero espíritu de los hombres y del valor de las cosas.

   Además de los documentos diplomáticos, trabajó con otras fuentes, desde la iconografía y la numismática hasta el arte y literatura de la imaginación; se valió, también, de la tradición oral, recogida de la­bios de su padre, don Ambrosio Mitre, soldado raso de la revolución y miembro de la "Sociedad Patriótica" de Monteagudo, de las char­las sostenidas con el general don Nicolás de Vedia (su suegro) y con los generales Las Heras y Rondeau, de quienes era amigo.

   La "Historia de Belgrano y de la independencia argentina" (1858, edición definitiva en 1887) y la "Historia de San Martín y de la eman­cipación americana" (1887-1888-1890) abarcan la Historia Argentina, desde la organización de las colonias del Plata, a fines del siglo XVIII, hasta 1830, en que cesan las guerras de la emancipación en América.

   Con la ayuda del método biográfico narró, en torno a las figuras de Belgrano y de San Martín, los acontecimientos en los que ambos próceres participaron, directa o indirectamente, y consiguió, gracias a su estilo claro, a su prosa serena y digna, a su pericia como narrador y a su consumada habilidad de retratista, ubicar a los próceres en el gran escenario de sus luchas sin que la extensión del tema ni la heterogeneidad del paisaje, ni el número de las muchedumbres que se mueven en la gesta emancipadora, desdibujasen los perfiles patricios de sus protagonistas.

   Aceptaba Mitre la crítica en contra de su obra, pero a condición de que se practicara según los métodos seguidos por él y de cuya fuerza sacaba recursos para desdeñar y combatir la historia fundada en documentos fragmentarios o apócrifos. Así, pues, la crítica tuvo que resignarse a remover tantos archivos como él había consultado o, de lo contrario, a callar su con­dena por falta de pruebas. Esta fue su singular postura de maestro. Acicateó la búsqueda de la verdad dentro de un juego limpio, con cuyos resultados fue el país quien salió ganancioso.

   No rechazó tampoco el concurso del arte y de la filosofía, aunque consi­deró difícil la obra de la imaginación literaria o del estilo en quienes, a fuer de historiadores, debían interrogar con paciencia los anales del tiempo, obser­vado meticulosamente a través de una lupa inquisidora y desapasionada.
Completan la labor histórica del general Mitre: "Biografía de Rivera Indarte", "Biografía del general Lavalle", "Estudios históricos sobre la Revolución Argentina", "Belgrano y Güemes", "Cartas polémicas sobre la Triple Alianza", "Informe histórico sobre los antecedentes y reforma de la Constitución", etc.

   Sus discursos (reunidos en un tomo: "Arengas"), sus traducciones de poetas franceses, ingleses e italianos (entre ellas la que hizo de "La Divina Comedia", de Dante), sus artículos periodísticos, cartas, monografías y memorias, lo con­vierten en la cima moral más alta de su hora, luego de haber visto desfilar ante sus ojos a tres generaciones de hombres que lo respetaron y lo amaron.



BARTOLOMÉ MITRE (1821-1906)
Su clarividencia de estadista, su prestigio de patriarca, su talento de escritor, la grandeza singular de su alma y la bondad excelsa de su corazón forman el arco de triunfo bajo cuyos sólidos arcos, indiferentes al tiempo y al ol­vido, desfilaron tres generaciones de argentinos que aspiraban a la unión nacional. Les dio su vida, toda su vida ilustre, formada en las amarguras del destierro, agitada por nostalgias infinitas, abocada a tiempo al quehacer cons­tructivo de la política, del periodismo, de la investigación. Nació entre las privaciones de un hogar humilde, como cuadra a los predestinados, a la manera de Lincoln en su cabaña de Kentucky; domó potros en la llanura porteña que luego cruzaría al frente de sus ejércitos; gobernó muchedumbres y fue su caudillo; se prodigó en múltiples ac­tividades y encarnó, armonizó e interpretó el alma de su pueblo.

   En él y por él terminó la cruenta etapa de los gobiernos inestables, el periodo de las rencillas que anarquizaban al país y enfrentaban a Buenos Aires y la Confederación.

   Romántico y bravo, dirigió la artillería de Urquiza en Caseros, actuó como diputado en la Legislatura después que la provincia de Buenos Aires se separó de la Confederación; intervino como general en jefe en las batallas de Cepeda y Pavón y fue presidente de la República, de 1862 a 1868. Terminada la presidencia, fundó "La Nación", gran­de y generoso diario.

   Cumplida su misión sobre la tierra, aureolado de canas, consciente de sus méritos pero humilde en su grandeza, luego de gobernar a su pueblo desde el sillón presidencial o desde el solio de su retiro, murió rodeado por la gratitud y la admiración, a los ochenta y cinco años de edad, en la misma ciudad testigo de su vida y virtudes.