Robert Louis Stevenson

   Robert Louis Stevenson (1850-1894). En la historia de la literatura inglesa, sería difícil encon­trar un ejemplo parecido al del jovial poeta, ensa­yista y novelista de este nombre. Nació en Edimbur­go, Escocia, y pasó casi toda su infancia en la cama, con muy pocas esperanzas de vida. El dolor y la enfermedad no afectaron la sana alegría de su espíritu, que se refleja en todas las páginas de sus libros.

   En el poema autobiográfico A Child's Garden of Verses, Stevenson explica cómo, alejado de los juegos de los demás niños, creaba un maravilloso mundo imagi­nario con las cosas más sencillas. Su cama, en lugar de ser un lugar de su­frimiento y de fasti­dio, era para el mu­chacho "la hermosa región del cobertor". Su madre le leía las historias que a él le gustaban, y el cons­tante cariño de su niñera, Alson Cunningham, le ayudó a so­portar los momentos más difíciles. Durante su juventud, pudo asistir a la Universi­dad, donde estudió Le­yes y Arquitectura, pero su salud no le permitió continuar los estudios con la asidui­dad necesaria.

   Durante varios años, vagó por Francia, Ale­mania y Suiza, en bus­ca de descanso y salud, y escribió crónicas de estos viajes en An Iriland Voyage, en 1878, y en Travels with a Donkey in the Cevennes, en 1879. Los lectores apreciaron en seguida la agradable prosa de Stevenson, escrita en un lenguaje fácil, pero lleno de gracia y de es­tilo. Con la publicación de su primera novela larga, Treasure Island (La isla del tesoro), en 1883, al­canzó una gran popularidad; escribió muchos ensa­yos, poemas y novelas cortas, y en 1886, publicó la novela corta The strange case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde y otra larga historia de aventuras, Kidnapped.

   Robert Louis Stevenson no profundizaba en los problemas de la vida y de la sociedad; volvió al romanticismo puro de Scott, a explicar un asunto por el placer de ex­plicarlo, a las aventuras y al eterno espíritu de la juventud.

La gran novela de la vida privada de Steven­son empezó en Francia, donde en 1876, conoció a Mrs. Fanny de Grift Osbourne. Inmediatamente, se dio cuenta de que era la mujer de su vida, pero entre ellos, se levantaban grandes obstáculos: ella tuvo que regresar a su casa de San Francisco. Cuan­do el artista se enteró de que estaba enferma, de­cidió acudir a su lado. Cruzó el mar, confundido entre los pasajeros más modestos de la proa de un barco, y el continente, en un tren de emigrantes. Esta experiencia le dio material a Stevenson para muchos libros, pero el esfuerzo fue superior a sus fuerzas; avanzó su tuberculosis hasta el punto de que hubiera segu­ramente muerto sin los cuidados de Mrs. Osbourne, que lo atendió. En 1880, se casaron, y el artista volvió a Inglaterra con su esposa y su hijastro. El hijastro, Lloyd Osbourne, colaboró con él en algunas de sus obras, y después, adquirió considerable renombre por su propia cuenta.

   Stevenson no pudo soportar el clima duro de Escocia y vagó de un lugar a otro en busca de algo más saludable. Por fin, se instaló con su familia en una de las islas de Samoa (Upolu), en el Pacífico del Sur, don­de pudo prolongar unos años más su vida. El fi­nal de esta lucha tan dura se produjo repentina­mente en 1894, con un ataque de apoplejía que lo dejó sin conocimiento mientras estaba alegremente charlando en la terraza de su casa. Los indígenas, que consideraban a Stevenson como una especie de jefe, tras­ladaron su cadáver hasta la cumbre del Monte Vaea, para lo que abrieron camino a través de la selva con sus machetes y hachas. Y allí descansa todavía, en medio de la soledad de los árboles, los pájaros y los vientos, con uno de sus versos como epitafio.

Las fuentes de "la isla del tesoro"
Esta bella e interesante narración es hoy leída por todos los jóvenes y por muchos de los viejos que no la han leído en su juventud. Stevenson se inspiró para escribirla en las aventuras del capitán Guillermo Kidd (16459-1701), uno de los más fa­mosos piratas: y cosa extraña, las autoridades "tu­vieron serias dudas" de si en realidad lo era o si servía los intereses británicos con sus piraterías.

   En la guerra entre ingleses y franceses, Kidd tuvo fama de capitán intrépido y audaz corsario en las Indias Occidentales. A fines del siglo XVII, fue afortunado capitán de un buque, en el que arribó a Nueva York. El comercio británico sufría grandemente con el ataque de los piratas. Así, a petición del gobernador de Nueva York, Kidd reci­bió dos antagónicas y contradictorias comisiones del rey a "nuestro confiado y bien reconocido capitán Kidd": era una la de sorprender a los piratas, y otra, la de piratear contra Francia. Con treinta fu­siles y una tripulación de 155 hombres, el capitán, osadamente, se hizo a la mar en su barco Adventure, rumbo a Madagascar, Malabar y la región del Mar Rojo.

   Sus dificultades empezaron: los piratas no fue­ron hallados y el cólera mató a algunos de sus tri­pulantes; el buque hizo agua y las provisiones em­pezaron a faltar. El capitán Kidd fue dominado por un motín de la tripulación; su buque fue dedi­cado por los rebeldes a la piratería. Los tripulantes capturaron algunos bajeles árabes, pelearon con unos guerreros portugueses, y finalmente, apresa­ron al Keddah Merchant, con un rico botín. En este punto, de acuerdo con el testimonio de Kidd, él re­cuperó el mando, abandonó al viejo Adventure, cam­bió el botín capturado a otra embarcación y se dirigió a América, dispuesto a saquear las colonias. Pero fue arrestado en Boston, al desembarcar, y enviado a Londres. Allí, fue convicto de asesinato en la persona de un marino amotinado. Después de una prueba no muy convincente, afirmó ser "el hom­bre más inocente de toda su tripulación". Fue de­clarado, al fin, culpable de piratería y condenado a ser colgado, con algunos de sus compañeros, en el Muelle de las Ejecuciones.

   De tiempo en tiempo, la gente busca todavía en las orillas del Hudson o de Long Island Sound los tesoros de oro, plata y piedras preciosas que, según la leyenda, fueron enterrados allí por el famoso capitán. Stevenson, con imaginación brillante, los enterró en una isla desierta y aprovechó el tema para construir una de las más bellas y amenas na­rraciones de aventuras.