Origen de los títulos nobiliarios

Los títulos de nobleza pro­ceden de los tiempos feudales, pero hoy, no signifi­can lo mismo que en tiempos pasados: indican la categoría social de una persona, mientras antigua­mente —en tiempos de los caballeros—, eran signo de responsabilidad. Los hombres que poseían un tí­tulo tenían, a su vez, deberes que cumplir, y por esa razón, elevaban su rango en la Corte. Al principio, los únicos títulos eran los de conde y duque. Conde proviene de la palabra latina comes, que significa compañero, es decir, compañero del rey. Duque pro­viene de la palabra latina dux, que quiere decir con­ductor, guía. Los duques tenían a su cargo una parte de la nación o alguna parte del ejército, al que de­bían conducir y dirigir en las batallas contra el ene­migo. Los condes eran jefes de una región o comar­ca del país. Estos títulos llegaron a significar el derecho a gobernar una región y eran hereditarios: así, nacieron los títulos de nobleza. Cuando el Im­perio de Carlomagno cayó, sobrevivieron los títulos en diferentes partes de Europa.

Cuando los normandos conquistaron Inglaterra, dividieron el país y confiaron la administración de los condados a los earls, que eran de la misma cate­goría social que los condes continentales, y sus mu­jeres fueron llamadas condesas. Al principio, los in­dividuos de la nobleza se denominaban barones, que quiere decir: hombres de calidad, título que después llegó a indicar una jerarquía nobiliaria más modesta. Para dar a los hijos y parientes del rey títulos de categoría más alta que el de earls, el rey Eduar­do III, en 1337, creó el título de duke y se lo con­cedió a Eduardo, el Príncipe Negro, al que nombró duque de Cornwall. Hoy, el más alto grado de no­bleza, próximo al rey y príncipes reales, es el de duque, y hasta ahora, pocos duques hay en Inglate­rra que no sean de sangre real. Hay excepciones: por ejemplo, el Duque de Wellington, cuyo ante­pasado ganó su título por victorias militares.

Las fronteras o marcas de los reinos feudales eran frecuentemente atacadas por el enemigo, y el jefe de tales distritos era llamado marqués, categoría com­prendida entre la de duque y conde. Posteriormente, se creó el título de vizconde. Todos estos títulos eran dados a los jefes de comarca y a los que tenían grandes propiedades. Por debajo de ellos, estaban los caballeros y sus escuderos.

En España, los verdaderos títulos nobiliarios son posteriores a los comienzos de la Reconquista, aun­que aparecieron en germen ya en tiempos del Impe­rio Romano y durante la monarquía visigótica. Arrancan esencialmente de la guerra contra los ára­bes; en plena formación nacional, el valor personal tenía un mérito que podríamos calificar de absoluto, porque era indispensable para la vida colectiva. Y los más valientes eran premiados y jerarquizados con títulos nobiliarios y con la adjudicación de tie­rras y pueblos en señorío. Mas ya en Las Partidas de Alfonso X el Sabio, se dispone que se concede el título de conde a los profesores de Jurisprudencia con veinte años de enseñanza. Posteriormente, se concedieron los títulos por otras causas, general­mente relacionadas con el servicio de la patria, y muchas veces, con el capricho real.
Fue la Monarquía la que concedió tradicionalmente los títulos nobiliarios. En España, Salmerón los suprimió por decreto de 1873, pero fueron res­tablecidos por Alonso Martínez en 1874, quien llegó en el prólogo de su decreto al siguiente razonamien­to: "Gran error sería imaginar que sólo en las mo­narquías pueden existir títulos nobiliarios, por ser únicamente compatibles con esta institución las dis­tinciones honoríficas. Quizá fuera más exacto, aun­que siempre penoso, confesar que esas distinciones sólo ofenden a las pasiones demagógicas, que empe­zando por negar a la patria y queriendo privar a la personalidad humana de sus nobles atributos y aspiraciones generosas, pretenden fundar en el gene­ral rebajamiento la grandeza común de los ciu­dadanos".

En Francia, todos fueron abolidos por la Revolu­ción (1789); después, Napoleón I creó gran número de ellos, y Luis XVIII, después de su restauración, creó muchos más; los títulos antiguos revivieron y los concedidos por Napoleón continuaron existiendo. La Revolución de 1848 prohibió otra vez los títulos, pero Napoleón III creó otros nuevos y restauró los antiguos. En la Constitución de 1870, no se habló ya de ellos.
Hay también títulos pontifi­cios, concedidos por el Papa.

La Constitución republicana española de 1931 declaró, en el artículo 25, párrafo segundo, que el Estado no reconoce los títulos de nobleza. Pero la Constitución fue derogada tras la caída de la República, después de la Guerra Civil (1936-1939), y reorganiza­da la legislación sobre títulos no­biliarios.