MAXIMILIANO ROBESPIERRE, EL JEFE DE LOS JACOBINOS

MAXIMILIANO ROBESPIERRE
MAXIMILIANO ROBESPIERRE
EL 28 DE JULIO DE 1794, hacia las cinco de la tarde, un triste cortejo atra­vesaba las calles de París, en medio de una marea de gente excitada y gritona. Sobre cuatro carretas se veía a veintiún hombres maniatados, turbados, y de rostros lívidos.
En la primera estaba tendido un hombre semidesvanecido con la cara en­vuelta en un pañuelo ensangrentado, con la vestimenta rota y también man­chada de sangre. Los gendarmes de la escolta lo señalaban al pueblo con la punta de sus sables, y la multitud enfurecida gritaba, amenazándolo con los puños.
Las carretas se detuvieron junto al tablado, y los hombres, uno por vez, fueron obligados a bajar y después a subir los cinco peldaños que los con­ducían a la muerte... El hombre de cara vendada fue guillotinado en vi­gésimo lugar.
Así, en una tarde de verano, murió Maximiliano Robespierre, el perso­naje más extraordinario de la Revolución Francesa: el hombre que todavía algunos días antes era, prácticamente, el amo de Francia.

Maximiliano María Isidoro Robespierre nació en Arras, en el norte de Francia, el 6 de mayo de 1758. Era hijo de un abogado, y él mismo, inteligente y estudioso, se gra­duó de abogado siendo todavía joven. Aquellos años, puede decirse, eran el pe­ríodo que precede a la tempestad. En Francia, como por otra parte en todas las naciones europeas, existía una neta división entre las clases sociales, y la del pueblo gozaba de escasos derechos, hasta cuando acudía a la justicia.
El joven abogado estaba convencido de que este estado de cosas era injusto, e intuía que ese mundo anticuado, con sus instituciones todavía casi medievales, estaba próximo a morir. Fatalmente iba a nacer un orden nuevo, porque el pue­blo, el Tercer Estado, comenzaba a to­mar conciencia de su injusta carencia do reales derechos y a reclamar una or­ganización distinta.


LA CARRERA POLÍTICA
Robespierre no tardó en dar a conocer sus ideas, que hoy consideraríamos democráti­cas. Como era un hombre de trabajo, honesto, muy escru­puloso y enérgico, fue elegido en 1789 diputado del Tercer Estado de los Estados Gene­rales. En consecuencia, debió trasladarse a París, iniciando su carrera política que le lle­varía al poder y a la muerte. En junio de 1789, los Estados Generales se habían transfor­mado en Asamblea Constitu­yente, con la misión de prepa­rar la nueva Constitución del Estado. En la Constituyente, Robespierre no tardó en des­tacarse por su decisión, su habilidad y su rectitud. Bre­gaba con una energía impla­cable para que su idea, es decir, la idea nueva, revolu­cionaria, triunfase. Nada le interesaba: no le llamaba el dinero, ni la aventura, ni la buena mesa. Bien pronto fue apodado "el incorruptible". En la Asamblea era el jefe de los "Jacobinos", o sea el sec­tor más decidido, más violen­to y más extremista.


LA REVOLUCIÓN
En 1791 sucedió lo que fatalmente tenía que suceder y lo que Robespierre, con otros hombres, como Dantón, Marat, Saint Just, ha­bían preparado: el pueblo, el Tercer Estado, entabló la lucha contra
la monarquía, la aristocracia, contra el antiguo e injusto régimen: era la Revolución Francesa. En 1792, el rey Luis XVI fue depuesto por un comité revolucionario: la Comuna. Comenzaron las ma­tanzas. El 21 de enero de 1793, el rey murió en la guillotina. En abril fue instituido un "Comité de Salud Pública", que bajo la dirección de Dantón, actuando Robespierre como brazo derecho, gober­nó prácticamente a Francia.
La Revolución estalló en toda su violencia con ejecuciones en masa. En octubre fue ajusticiada la reina María Antonieta, mientras que en toda la nación sucedían terribles estragos.
Robespierre, frío, habilísimo y ambicioso, llegó a ser cada vez más importante, logrando dominar el Comité de Salud Pública, con miras al poder supremo, que probablemente constituía su obje­tivo directo.
Él con Saint Just, que era el más inexorable, el más severo entre los jefes de la Revolución, logra­ron desplazar poco a poco a Dantón, quien, probablemente hastiado de matanzas, tendía a mitigar las violencias, a la moderación y a la clemencia. En abril de 1794, Dantón y sus principales secua­ces fueron guillotinados. De esta manera, Robespierre quedó solo a la cabeza de la Revolución. Su conducta, durante los cuatro meses que serían los más importantes y al mismo tiempo los últimos de su vida, pasa por momentos buenos y otros horribles. Hizo restablecer la libertad de cultos, abo­lida durante los periodos anteriores; decretó leyes sociales correctamente concebidas en favor del pueblo; pero al mismo tiempo se degradó con la terrible ley en virtud de la cual todo hombre po­día ser condenado a muerte en base a una mínima acusación, sin derecho a defensores ni testigos: resultó un exterminio sin control. En 49 días, sólo en París, fueron guillotinadas 1.376 personas figurando entre las víctimas ilustres de aquellas matanzas el sabio Lavoisier y el gran escritor Malesherbes.

EL FINAL
El terror, entonces, se difundió no sólo por todo el país, sino inclusive entre los mismos amigos y colaboradores de Robespierre. Nadie estaba seguro de no escuchar de noche los pasos de los esbirros que venían a arrestarlo. El terror dio origen al nacimiento de una conspiración. En la no­che del 26 al 27 de julio, la mayor parte de los diputados de la Convención (o Asamblea Nacional) llegaron a un acuerdo, y en la mañana del 27, al presentarse Robespierre en la Convención, fue re­cibido con una hostilidad general. Muchos diputados lo acusaron con violencia y acallaron su palabra en medio de un coro general de gritos e insultos. La Convención lo declaró arrestado. Robespierre, protegido por sus amigos de la Comuna, se refugió en la Municipalidad. Pero a las dos de la madrugada, penetraron allí los gendarmes y partidarios de la Convención. Durante el tumulto, Robespierre fue alcanzado por un tiro de pistola, que le fracturó la mandíbula. Atado en un sillón lo transportaron al palacio de las Tullerías. Después de permanecer abandonado durante algunas horas sobre una mesa, fue llevado a lo cárcel, desde donde salió, al día siguiente a las cinco, para su último viaje.