Los inicios de la minería

fundición de cobre en Egipto
   En los albores de la civilización, el hombre primitivo ha­cía sus martillos de piedras duras, como el pedernal y el cuarzo. Hacía sus vasijas de piedras suave como la esteatita y la arcilla. A esa era se le conoce como la Edad de Piedra.
   El hombre primitivo siempre buscaba piedra buena para sus utensilios y sus armas. Aprendió a utilizar una piedra muy dura que recogía del suelo llamada pedernal. Sin embargo, mejor pedernal se hallaba bajo la superficie. Así pues, el hom­bre primitivo buscaba un risco en que viera indicios de peder­nal. Cavaba entonces un agujero y extraía el pedernal.
   Pero, a veces, no encontraba ningún risco cerca de su cue­va. Al hallar un lugar en el que la piedra caliza salía a la super­ficie, sabía que encontraría pedernal debajo. Así, en esos tiem­pos remotos, el hombre empezó a abrir agujeros. A través de la piedra caliza fue perforando más y más hasta llegar al valio­sísimo pedernal. Desde el fondo de cada pozo abrió túneles laterales. Así pues, antes de que el hombre conociera los me­tales ya había cavado minas.
   Mucho después, el hombre descubrió su primer metal, que probablemente fue el oro. Quizá encontró una reluciente pe­pita en las aguas de un arroyo cristalino. En su vida tan sen­cilla, ese oro no podía servirle de mucho. Pero su brillo les fas­cinaba. Cuando encontró otra pepita, la añadió a la primera y empezó a formar una colección. Con su martillo de piedra laminó el oro, para hacer adornos.
   A veces, cuando buscaba oro, tal vez encontró un pedazo de algo rojizo o verdoso. Era cobre, metal que al igual que el oro, se encuentra una que otra vez libre de otras substancias. Pero el cobre no era lo suficientemente duro para que el hom­bre lo pudiera utilizar para hacer herramientas. Sin embar­go, era lo suficientemente duro para hacer anzuelos o dagas.

DESCUBRIMIENTO DE LA FUNDICIÓN
Posiblemente transcurrieron varios centenares de años an­tes de que se hiciera un gran descubrimiento cuando el hombre rodeaba de piedras su fogata. Quizá en una zona rica en cobre, algunas de esas piedras contenían mineral de cobre. A la ma­ñana siguiente, entre las cenizas de la hoguera, el hombre en­contró pequeños pedazos de cobre que se habían fundido al calor del fuego. Ocurrió lo mismo muchas veces y, poco a po­co, el hombre descubrió un secreto maravilloso: cuando el mi­neral de cobre se calienta, produce metal de cobre. A ese procedimiento se le llama fundición.
   Con el tiempo el hombre empezó a notar que a veces, al fundir el cobre, obtenía pedazos muy duros —especialmente si los fundía con una tierra muy oscura— Esa tierra era la casiterita o sea lo que ahora llamamos óxido de estaño. Sin saberlo, al fundir esos dos metales el hombre produjo la pri­mera aleación conocida en el mundo: el bronce.
   Cuando llegó la noticia a Europa, tal vez de Asia Central, el hombre empezó a hacer hachas, martillos, cuchillos y espadas de esa aleación. El mundo occidental entró en la Edad del Bronce. Eso ocurría unos 3,000 años antes de Jesucristo.
   Al necesitar el hombre más bronce, para emplearlo en otras cosas, empezó a cavar más y más, en busca de las piedras minerales que le sirvieran para producirlo. La isla de Chipre, en el Mar Mediterráneo, fue uno de los primeros depósitos de cobre. De hecho, la palabra "cobre" se deriva del nombre de esa isla.
   Los fenicios, famosos comerciantes del mundo antiguo, te­nían un lugar secreto del que extraían el estaño. Afirmaban que procedía ese metal de unas islas misteriosas a las que lla­maban las Casitérides o islas del estaño.
   Algunos historiadores deducen que esas misteriosas islas del estaño eran probablemente la región de Cornualles, en el oeste de Inglaterra. Sabemos que desde unos 600 años antes de Jesucristo los barcos fenicios llegaban a Cornualles para car­gar estaño. Ya para entonces se había descubierto que, fun­diendo la casiterita (óxido de estaño) sin ningún otro metal, se producía algo distinto del cobre y del bronce. La piedra de estaño se fundía en la mina, tal vez en el suelo mismo, con lum­bre de carbón y un fuelle.