Cuando se disminuye por compresión el volumen que ocupa determinada cantidad de aire, cosa que evidentemente aumenta la presión de este, se puede utilizar su posterior expansión en aplicaciones mecánicas.
Esta fuerza de expansión es la que se utiliza en los vagones de metro, por ejemplo, para el cierre automático de las puertas cuando se pone en marcha el tren. (Antes de la entrada en la estación, el aire comprimido impide la apertura prematura y peligrosa de estas puertas.) El aire comprimido posee múltiples aplicaciones desde el advenimiento de las herramientas neumáticas, como perforadoras, taladros, barrenadoras, martillos, apisonadoras para asfalto o cemento, etc., así como pulverizadores que proyectan pintura, arena, cemento o metal en fusión. Se emplea también en el transporte de cereales, carbón pulverizado, etc., así como en la alimentación de los quemadores de aceites pesados, inyección de aire en los altos hornos. arranque de los motores diesel, etc.
Martín Fierro (José Hernández)
Yo no soy un cantor letrao,
mas si me pongo a cantar
no tengo cuando acabar
Y me envejezco cantando:
las coplas me van brotando
como agua de manantial.
Soy gaucho, y entiéndanlo
como mi lengua lo explica:
para mi la tierra es chica
Y pudiera ser mayor;
ni la víbora me pica
ni quema mi frente el sol.
Ricuerdo que maravilla!
como andaba la gauchada,
siempre alegre y bien montada
Y dispuesta pa el trabajo;
pero hoy en dia... ¡barajo!
no se le ve de aporriada (1).
Tuve en mi pago en un tiempo
hijos, hacienda y mujer,
pero empecé a padecer,
me echaron a la frontera.
¡Y que iba a hallar al volver!
tan solo halle la tapera (2).
A este gaucho lo llevaron a la fuerza a la frontera, a luchar con quien no conocía; y un día huyó del campamento y volvió a su tierra, pero no encontró ni familia ni bienes; juro vengarse y se convirtió en un gaucho peleón, bebedor y criminal. La policía lo persigue, pero consigue huir, y pasa los años recorriendo la pampa, malviviendo, hasta que, ya mayor, se acuerda otra vez de aquella tierra en que nació, y vuelve con los suyos.
Estos versos del gaucho pertenecen a un bello poema llamado Martín Fierro, que es el nombre del gaucho que canta su vida y desventuras. Están escritos por un argentino, José Hernández, en lengua gauchesca, que hoy ya se ha perdido.
José Hernández nació en San Martín, provincia de Buenos Aires, en 1834. Su obra más célebre es el Martín Fierro, pero escribió también otro poema llamado Vida del Chacho, y numerosos articulos. Murió en 1886, en Buenos Aires.
(1) Golpeada.
(2) Ruinas.
La guerra de los mundos de H. G. Wells
(Fragmento)
La contemplaron centenares de personas que la creyeron una estrella errante, Idéntica a las otras. En la descripción de Albin se había de un rastro grisáceo que dejaba el meteoro, y que resplandecía algunos segundos. Deming, nuestra autoridad más reputada en meteoritos, atestigua que la altura de su primera aparición fue de 140 a 160 kilómetros. Le pareció que había caído a unos 150 kilómetros al este.
Pero ¿se trataba realmente de un meteoro? Al día siguiente, poco después de que amaneciera, un hombre se dirige hacia el lugar donde supone que ha caído el meteoro.
El hombre, con el animo suspenso, se acerca al enorme objeto, que tiene un diámetro de 25 a 30 metros.
Permaneció de pie al borde del agujero, extrañándose del raro aspecto del cilindro, desconcertado sobre todo por la forma y el color, que no eran los de otros meteoritos y percibiendo vagamente, aun entonces, ciertos indicios de que pudiera ser intencionada esta caída. No recordaba haber oído cantar los pájaros aquella madrugada; no había brisa: los únicos ruidos que oía eran los débiles chasquidos de la masa cilíndrica. Estaba solo en la llanura...
De pronto, estremeciéndose, el hombre advierte que la cima circular del cilindro gira lentamente. Comprende por fin que el cilindro es artificial —hueco— y que alguien, desde el interior, trata de destornillar la tapa... Pocas horas después, ante un horrorizado grupo de personas, se desvela el misterio...
Una masa grisácea y redonda, del tamaño de un oso, se alzaba lenta y trabajosamente hacia fuera del cilindro. Cuando le dio la luz plena, brillaba como cuero humedecido. Dos colosales ojos oscuros me miraron con fijeza. La redonda masa tenia un rostro, si vale esta palabra. Había bajo los ojos una boca cuyos bordes sin labios, temblorosos y palpitantes, segregaban saliva. Suspiraba y latía el cuerpo convulsivamente... Un apéndice tentacular, delgado y blando, se asió del borde del cilindro y otro se balanceó en el aire.
Wells, autor de La maquina del tiempo. La isla del doctor Moreau, El hombre invisible y La guerra de los mundos, novela a la que pertenecen los fragmentos que anteceden, está considerado como un precursor de la literatura de ciencia ficción.
Herbert George Wells nació en Bromley, Kent (Inglaterra), en 1868. Estudió ciencias físicas y naturales antes de dedicarse a escribir. Falleció en 1946.
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