¿Quiénes conquistaron la cumbre del Everest por primera vez?

   El monte Eve­rest tiene una altura de 8,848 metros y es, por tanto, el más alto del mundo. Se halla situado entre Tibet y Nepal, en Asia, y desde el siglo XIX ejerce su fascinación sobre los deportistas del mundo. La ascen­sión del Everest no sólo es difícil por su altura, sino por los frecuentes derrumbes, por las peligrosas grietas y las laderas casi imposibles de escalar.
   Ante esas dificultades, fracasaron mu­chas expediciones. Las tormentas de nieve hicieron que expertos alpinistas desistieran de sus propósitos ya cerca de la cumbre.
   En el año 1841 se llevó a cabo el cálculo de la altura de este punto culminante de la cordillera del Himalaya por George Eve­rest, a quien debe su nombre, por haberlo estudiado topográficamente.
   Edmund P. Hillary y Tensing Norkay conquistaron esta cumbre, la más alta del mundo. Iban provistos de globos llenos de oxígeno y de equipo especial. El 29 de mayo de 1953 plantaron en la cima las banderas de todas las naciones.

¿Cómo funciona un detector de radiaciones?

   El detector de radiaciones más sencillo es el célebre contador Geiger-Müller. Está constituido por un cilindro metálico en cuyo eje longitudinal se halla un filamento de platino o de tungsteno. El cilindro está cerrado por los dos extremos, a través de los cuales pasa el hilo. En el interior del tubo se ha hecho el vacío. Entre cilindro y tubo y filamento hay una diferencia de po­tencial muy próxima a la que provocaría una descarga. Tan pronto como una par­tícula ionizante atraviesa la pared del ci­lindro y penetra en el tubo, se produce una descarga. Ya sólo queda amplificarla y hacerla actuar sobre un teléfono o sobre un altavoz. Gracias a este aparato ha sido posible percibir el paso de toda partícula electrizada y de oír, literalmente hablando, la radiación de los cuerpos radiactivos... Un contador así indica, además de las par­tículas electrizadas (rayos alfa, rayos beta), los rayos X y los rayos gamma, los cuales, a pesar de no llevar una carga eléctrica positiva o negativa, tienen también la pro­piedad de electrizar (ionizar) los gases. Se puede registrar el número de partícu­las recibidas por medio de un numerador mecánico. Para ello se recurre a un de­multiplicador electrónico destinado a dividir, por 10 o por 100, por ejemplo, el número de golpes dados por el conta­dor cuando su número es demasiado ele­vado para ser registrado directamente por el contador mecánico. Este instrumento ha rendido, y rinde todavía, importantes servicios a la técnica.

¿De dónde viene la palabra incunable?


   La palabra "incunable" proviene de "cuna" y se aplica a lo que está en sus principios o en su infancia. Pero en la práctica se usa casi exclusiva­mente para referirse a los libros impresos poco después de haberse inventado la im­prenta. Sería, pues, error llamar incunable a un manuscrito.
   La invención de la imprenta se fija en el siglo XV y se llaman incunables los libros impresos hasta el año 1500. Esta cla­se de libros es muy interesante, porque enseña las diferentes formas de los tipos de imprenta y el estado de la cultura en una época. Se han formado listas o catálogos de los incunables, que son en su ma­yor parte de temas religiosos. Se calcula que se han conservado cerca de 40,000 incunables. La mayor parte se encuentra en los países donde se desarrolló prime­ro la imprenta, y que eran al mismo tiem­po los de mayor cultura: Italia, Alemania, España, Inglaterra, Francia y los Países Bajos.
   Las instituciones que guardan mayor número de incunables actualmente son la Biblioteca Nacional de París, la Biblioteca de Munich y la del Museo Británico de Londres. Los incunables por su rareza y por ser documentos auténticos sobre la his­toria de la imprenta, son muy valiosos.
   Aunque no sea propiamente un incuna­ble, debe mencionarse que el primer libro impreso en América, lo imprimió Juan Pa­blos en México, entonces capital de la Nueva España, en el año 1536.
   Los medios de que disponen la fotogra­fía y la imprenta modernas han permitido la elaboración de facsímiles, es decir, de copias fieles de los venerados incunables.