El origen de las fuentes luminosas se debe a una observación que hizo, en 1841, el físico e ingeniero suizo Daniel Colladon. Notó que, para iluminar un chorro líquido que mana, con una caída parabólica, de una abertura situada en la parte baja de un depósito, bastaba con iluminar esta abertura a través del agua mediante un haz luminoso de rayos convergentes, obtenido por medio de una lente dispuesta en forma adecuada. La luz así proyectada es conducida a lo largo del surtidor, en el interior del cual los rayos luminosos sufren una serie de reflexiones totales hasta que se escapan a través de las gotas de agua que se desprenden mientras el surtidor se dispersa produciendo espectaculares efectos luminosos.