¿Dónde se encuentra la taiga?


   La taiga en Siberia es el bosque más extenso del mundo. Situada en el norte asiá­tico, entre Europa y el Pacífico, cubre alrededor de 8.000.000 de kilóme­tros cuadrados, superando en extensión a todas las selvas vírgenes ecua­toriales.
   Abetos, alerces y epiceas (árboles de hoja perenne) mezclados con abedules de tronco blanco, sauces y un tipo de álamo raquítico (árboles todos ellos de regiones húmedas y frías que pueden resistir seis u ocho meses de invierno) forman la taiga. Los troncos derribados de los árboles viejos se recubren de musgo. En la taiga del norte no hay ni pájaros que se coman los insectos que el frío ha matado; tampoco los animales carnívoros encuentran allí alimento alguno. En la taiga reina un silencio casi absoluto. Durante el buen tiempo, de muy breve duración, el bosque se anima y es posible cazar animales de piel muy estimada, entre ellos la marta cibelina. Sin embargo, no tardan en volver el frío y las heladas, y con ello el silen­cio, que domina la taiga durante lar­gos meses.

¿Por qué el humo no siempre asciende verticalmente?

   En los días que no hay viento, el humo sube recto al cielo. Cuando lo vemos inclinarse a derecha o a izquierda, o en todos los sentidos, es que sopla el viento, que lo arrastra.
Las finas partículas, sólidas, liquidas o gaseosas que componen el humo, a medida que van elevándose en el aire chocan contra las capas atmosféricas y se deslizan por un camino sinuoso, perdiendo poco a poco la energía que poseían por el hecho de que su tem­peratura era más elevada que la del aire del ambiente. Terminan por mez­clarse con el aire, bastante rápidamen­te, sobre todo cuando hay viento.

Antonio de Ulloa

   La apasionante discusión que en el siglo XVIII se planteó acerca de la forma de la Tierra fue causa de que la Academia de Ciencias de París enviase dos comisiones: una a Laponia y otra al Ecuador, presidida esta última por el eminente sabio francés La Condamine, al que acompañaban Godin y Bouguer. Queriendo el rey francés Luis XV asociar a esta empresa el nombre de España y buscar al mismo tiempo con ello apoyo para la empresa, solicitó del rey Felipe V coopera­ción para esta, expedición científica, a lo que accedió gustoso el monarca español, que incorporó a ella a dos marinos de la Armada: Jorge Juan y Antonio de Ulloa, a la sazón, dos muchachos de 21 y 19 años respectivamente. Gran extrañeza causó entre los sabios franceses el nombramiento de estos dos jóvenes, cuyos mé­ritos desconocían. Los comisionados de Espa­ña fueron en un prin­cipio tomados medio en broma y considera­dos por los franceses como dos muchachos inexpertos. Mas pron­to la comisión francesa supo apreciar los méri­tos de los dos marinos españoles; como dice un biógrafo: "si al principio los tomaron por pigmeos, pronto tuvieron que confesar que eran verdaderos gigantes".