¿Cuándo nació el ferrocarril?


El nacimiento de los ferrocarriles como los conocemos hoy se remonta a 1825. En ese mismo año, George Stephenson construyó el primer ferrocarril abierto al público, la línea de Stockton a Darlington, en el norte de Inglaterra. Stephenson también construyó las locomotoras de vapor que funcionaban sobre él, comenzando una revolución en el transporte que se extendió como reguero de pólvora por todo el mundo.

Adiós a vapor
La era del vapor en los ferrocarriles se prolongó en la mayoría de los países hasta la década de 1950. Desde entonces locomotoras de vapor han sido sustituidas por locomotoras diesel y eléctricas. Las locomotoras de vapor eran máquinas magníficas y emocionantes de ver. Pero eran ineficientes, sucias y ruidosas.
Las modernas locomotoras diesel y eléctricas, por el contrario, son eficientes, limpias y tranquilas. También puede acelerar más rápido y tiene una velocidad máxima superior.
Actualmente, los trenes de alta velocidad eléctricos como el TGV (Tren A Grand Vitesse) francés y el Shinkansen en Japón, corren sobre rieles especialmente construidos.

Sísifo


LA LEYENDA DE SÍSIFO
   En las pro­fundidades del Tártaro tenebroso, Sísifo arras­tra una roca hasta la cima de una montaña, pero antes de alcanzar su propósito, la roca vuelve a caer rodando y él debe empezar de nue­vo su fatigosa tarea, que nunca tendrá fin.
   Sísifo, hijo de Eolo, es el mi­tológico rey de Corinto, llamado "el más astuto de los hombres", conde­nado, según la leyenda griega, a un perpetuo castigo por haber enga­ñado incluso a la Muer­te con sus argucias. Ho­mero en la Odisea y Dante en el Infierno describen los trabajos de este singular personaje mitológico.

Carlos I de España

   Carlos de Habsburgo nació en Gante (Flandes, hoy Bél­gica), en 1500. Pasó su niñez primero en Malinas y luego en Bruselas, bajo la guía de su tía Margarita de Austria.
   El joven príncipe amaba los ejercicios deportivos, y al­ternaba sus estudios con lecciones de esgrima y prolonga­das cabalgatas. Pero bien pronto onerosas responsabilida­des y pomposos honores lo distanciaron de sus distraccio­nes: a los 16 años se vio convertido en rey, y a los 19 en emperador de uno de los imperios más vastos... La tempra­na muerte de sus progenitores y la de sus dos abuelos que reinaban en España y en Austria, respectivamente, lo co­locaron a la cabeza de un inmenso territorio.
   En 1516, a la muerte de su abuelo materno Fernando de Aragón, el príncipe Carlos se convirtió en rey de España y de sus territorios en el Mediterráneo y en el Nuevo Mundo, con el título de Carlos I. Tres años después mu­rió el emperador Maximiliano I, quien de­jó a Carlos, Austria y sus correspondientes posesiones y territorios europeos.