La misteriosa civilización cretense

   ALREDEDOR DEL AÑO 2000 antes de Cristo, cuando los griegos radicados desde hacía poco tiempo en la península a la cual impusieron su nombre, empleaban aún armas y herra­mientas de piedra, vivía en la isla de Creta un pueblo de una civilización más avanzada. Si bien en cierto momento los cre­tenses tomaron contacto con los griegos, éstos, sin embargo, no dejaron ninguna información histórica referente a la civilización cretense, salvo algunas leyendas, en su mayoría fan­tásticas. Una de éstas se refería a un poderoso rey de Creta, de nombre Minos, que, se cree, dominó todo el Mediterráneo. De él se decía que, valiéndose del gran arquitecto Dédalo, había hecho construir en la ciudad de Cnosos un enorme pa­lacio, llamado laberinto, tan complicado en su interior, que cualquiera que se aventurase y penetrara en él, jamás en­contraría la salida.
   Es una leyenda. Sin embargo, las leyendas, por más qui­méricas que sean, poseen, por lo general, un fondo de verdad.

El molinillo de café


   En el siglo XVI, unos molinillos para tri­turar especias formaban parte de los uten­silios de cocina. Se los prefería al mortero. A partir del siglo XVIII, época en que el fruto del cafeto y la hoja del té comenza­ron a rivalizar (uno y otro fueron entonces celebrados en verso por el abate Delille, amigo de las perífrasis: "El grano de moka y la hoja de Cantón van a verter su néctar en el esmalte del Japón..."), el molino de especias sirvió para moler el café. En nuestros días, el clásico molino corona­do por una manivela ha sido tan rápida­mente destronado por el molino movido eléctricamente que ahora figura ya en las tiendas de antigüedades como un objeto más de los tiempos pasados.

¿Cómo funciona una olla a presión?


   Todo el mundo sabe que el agua hierve a los 100° C; pero hay que precisar más: esto ocurre a la presión atmosférica nor­mal. Efectivamente, la temperatura de ebullición de un líquido varía con la pre­sión y aumenta con ésta hasta cierto lí­mite. Por lo tanto, si se desea que un lí­quido llegue a una temperatura más elevada que la que alcanza el aire libre cuando se pone a hervir a 100° C y no puede pasar de ellos, bastará con aumentar la presión utilizando un recipiente cerrado. Esto es lo que hizo, justamente, Denis Papin, cuando se sirvió de la famosa mar­mita inventada por él y a la cual denominaba digestor. La presentó en 1681 y ase­guró que era capaz de "ablandar los huesos y de hacer cocer toda clase de alimentos en muy poco tiempo y con muy poco gas­to". Añadió que, por medio de la marmita, "la carne más vieja y más dura se podía volver más tierna y tener tan buen gusto como la más escogida".
   Se trataba de un cilindro de hierro que podía cerrarse herméticamente y que, colocado sobre un fuego, resistía una fuerte presión interior. Por otra parte, Papin le había provisto con una válvula de seguridad inventada por él. Esta mar­mita es el antepasado de todos los moder­nos autoclaves, entre ellos, el de la olla a presión o cocotte, aceleradora de la cocción, que hoy abunda en nuestras cocinas. Los autoclaves son también muy utilizados para la esterilización de los instrumentos quirúrgicos.