¿Qué función tiene una Torre de control?

   Generalmente, la torre de man­do se encuentra en lo alto del edifi­cio más grande del aeropuerto. A veces, es un edificio aparte. Todos los muros de la torre de mando son de cristal, para que las personas que en ella trabajan puedan ver en todas direcciones. El cristal es especial, para que el sol nunca deslumbre.
   Encima de la torre de mando, también llamada torre de control, se hallan los instrumentos meteorológi­cos y el fanal del aeropuerto, especie de faro de los aeroplanos. Todos los fanales de aeropuerto lanzan deste­llos intermitentes, verde y blanco, para que los pilotos los reconozcan, sin confundirse.
   El operador de la torre de man­do es el capitán del aeropuerto. To­dos los pilotos, militares o civiles, que aterrizan o despegan del aeropuerto, deben obedecer sus órdenes. Has­ta los pilotos de países extranjeros deben poder comprender lo que la torre les indica. En la to­rre de un aeropuerto grande trabajan varios técnicos. Cada uno de ellos desempeña una labor distinta. Los aeroplanos que aterrizan y despegan a intervalos de unos cuantos segun­dos chocarían entre sí, si sus pilotos no obedecieran al pie de la letra las órdenes que les transmite la torre.
   En algunas ocasiones, la torre tiene que ordenar a va­rios aeroplanos que vuelen en círculo sobre el campo de ate­rrizaje, a distintas altitudes, mientras les llega el turno de aterrizar. A eso se llama "apilar" los aviones.
Todo aeropuerto tiene su propio esquema de vuelo, o sea la forma especial en que los aeroplanos deben aproxi­marse. Cuando se encuentran a unos quince kilómetros del aeropuerto, los aviones entran en la zona de mando. A los cinco kilómetros llegan a la zona de tránsito del aeropuer­to. Aunque docenas de aviones estén "apilados", ninguno choca con otro, porque todos vuelan a la altura que les orde­na la torre.
   Los técnicos de la torre de control disponen de muchos recursos para ayudar a los pilotos en vuelo, aunque no pue­dan ver el aeroplano. La torre y los pilotos se comunican no sólo por radio, sino por instrumentos electrónicos, en la torre misma y en el tablero de instrumentos.

¿Cómo engullen las serpientes su comida?

    Las mandíbulas de las serpientes están sujetas por pliegues elásticos llamados ligamentos. Esto les permite abrir tanto la boca que pueden engullir animales enteros tan grandes como cerdos y ovejas. Las costillas de las serpientes también se mueven para abrir espacio a la presa. Deben tragar el alimento entero pues sus dientes no están diseñados para morder ni masticar.
    Algunas serpientes matan primero a la presa con el veneno de sus dientes antes de engullirla. Otras, como las pitón y las boa constrictor, se enrollan en el cuerpo de sus víctimas y aprietan hasta dejarlas sin vida. Las pitones y boas son las serpientes más grandes y las que mayores presas pueden cazar. Una vez se encontró una pitón que acababa de tragarse un oso. Otra, un leopardo. Las presas grandes les duran mucho tiempo, por ello algunas serpientes sólo comen una vez al mes.

¿Cómo se propagan los soni­dos en el aire?

    Cualquier persona sabe reconocer si un sonido es agradable o desagrada­ble, fuerte o débil, grave o agudo, pero pocos saben decir con exacti­tud qué es el sonido, cuál es su na­turaleza.
    Observemos la cuerda de una gui­tarra o un arpa. Guarda silencio has­ta que no se la hace vibrar por me­dio del dedo o el plectro. El pellejo de un tambor sólo produce sonidos cuando lo hace vibrar el golpe del palillo. En la armónica vibran las lá­minas, en el saxofón el estrangul y en la trompeta el aire al penetrar con fuerza en el instrumento. Si ampliamos nuestras observacio­nes a la voz humana y al rugir de los animales, al tintineo de una cam­panilla o al zumbido producido por las alas de los insectos, nos percataremos de que el origen de cual­quier sonido es la vibración. Los investigadores han realizado otra observación: allí donde no hay aire, no hay transmisión del sonido. Ya en épocas pasadas se había efec­tuado una prueba introduciendo un timbre en un frasco de vidrio. En cuanto se eliminaba el aire, el so­nido se hacía imperceptible. Hoy en día, los astronautas han con­firmado que más allá de la atmósfe­ra reina el silencio absoluto. Resulta fácil deducir por tanto que las vibraciones de un cuerpo, cau­santes del sonido, se transmiten por el aire del mismo modo que las ondas se ensanchan circularmente en el agua cuando cae un objeto.