¿Por qué tenían murallas las ciudades en el pasado?

   Desde que los hombres empezaron a combatir entre sí, es decir, des­de los más remotos tiempos de la historia de la humanidad, se han estudiado contra el enemigo toda clase de medidas ofensivas y de­fensivas.
   Una de las defensas más antiguas inventadas por el hombre para sal­var, no sólo vidas humanas, sino también viviendas y bienes, fueron los cercos amurallados de las ciu­dades. Se trataba de recios muros de más de 10 metros de grosor en la base y de una altura de 20 a 30 metros. Estudiadas para oponer al enemigo un obstáculo insuperable, las murallas solían construirse de una forma muy sencilla, sin ador­nos de ninguna clase, siendo a ve­ces sumamente toscas. Rodeaban por completo la ciudad, o al menos su núcleo más importante, y a me­nudo estaban circundadas por una profunda fosa llena de agua.
   Las más antiguas estaban casi com­pletamente privadas de aberturas, excluyendo, como es lógico, las puertas de entrada. Más adelante se abrieron en las murallas largas y estrechas rendijas, a través de las cuales se intentaba alcanzar af enemigo desde una posición segura. En su parte superior, las murallas solían estar dotadas de pasillos que permitían a los soldados efectuar guardias constantes, y que en caso de ataque ofrecían una posición de ventaja frente al enemigo.
   Los famosos puentes levadizos permitían la entrada y salida de las ciudades a través de las puertas principales.

El desplazamiento de Abu SimbeI


   Los dos templos de Abu Simbel se erguían altivos en las riberas del Nilo desde hace más de 3 000 años. Uno de ellos, dedica­do a Ramsés II, estaba adornado con gigantescas estatuas del faraón, cuya altura alcanza los 20 metros.
   Pero, para alimentar la presa de Assuán fue necesario crear un gran lago artificial en el sitio de estos monumentos. Y así hubo que desplazar estos magníficos templos que, de otra manera, habrían sido engullidos por las aguas.
   Como los templos estaban construidos en un acantilado, hubo que sacar toda aquella masa rocosa que pesaba sobre ellos, y un equivalente de 300 000 toneladas de roca fueron excavadas y escombradas.
   Asimismo, hubo que recortar los templos en bloques de 20 a 30 toneladas, que unas grúas gigantes depositaban en enormes camiones, los cuales a su vez debían transportarlos 60 metros más arriba. Una vez reconstruidos los templos en su nuevo emplazamiento, hubo que hacer la reconstrucción en la parte
baja. . . un nuevo acantilado.

¿Cómo nació el mito del Minotauro?


   En la isla de Creta, en el lugar en que se le­vantaba la importante ciudad de Cnosos, las impresionantes ruinas del inmenso palacio real, con su gran número de aposentos, pasillos y galerías de planta tan complicada, nos recuerdan inmediatamente la antigua leyenda del Minotauro.
Era éste un ser monstruoso, medio toro y medio hombre, que habitaba en el famoso Laberinto, un edificio con una red tan complicada de pasi­llos que quien entraba en él ya no conseguía salir. Al Minotauro de­bían sacrificarse cada año siete mu­chachas y siete jóvenes enviados desde Atenas, que había sido derro­tada por Minos, rey de Creta.
El príncipe ateniense Teseo decidió acabar con semejante situación y se atrevió a enfrentarse con el monstruo. Lo mató y consiguió sa­lir del laberinto, gracias a un truco que le sugirió la hija del rey, Ariadna, quien se había enamorado de él.
Es difícil saber cómo nació esta le­yenda, una de las más famosas de la mitología griega. Tal vez nos pue­da facilitar alguna indicación al res­pecto el hecho de que, en la arena de Cnosos, se celebraban unas «tau­romaquias», es decir, una especie de corridas en las que los atletas agarraban al toro por los cuernos, para después saltar por encima de su lomo tal como nos muestran las pinturas murales.