¿Cómo funciona una fuente luminosa?

fuente luminosa

   El origen de las fuentes luminosas se debe a una observación que hizo, en 1841, el físico e ingeniero suizo Daniel Colladon. Notó que, para iluminar un chorro líquido que mana, con una caída parabólica, de una abertura situada en la parte baja de un depósito, bastaba con iluminar esta abertura a través del agua mediante un haz luminoso de rayos con­vergentes, obtenido por medio de una len­te dispuesta en forma adecuada. La luz así proyectada es conducida a lo largo del surtidor, en el interior del cual los rayos luminosos sufren una serie de reflexiones totales hasta que se escapan a través de las gotas de agua que se des­prenden mientras el surtidor se dispersa produciendo espectaculares efectos lumi­nosos.

   Las exposiciones universales fueron deco­radas por la noche con magníficas fuentes luminosas. Las del estanque de Neptuno, en el parque del palacio de Versalles, son muy conocidas. Y no lo son menos las del ingeniero español Carlos Buigas en la Exposición de Barcelona y otros lugares. El principio de las fuentes luminosas es utilizado en beneficio de los exámenes médicos practicados por medio de endos­copios. Estos instrumentos sirven para alumbrar y examinar las cavidades natu­rales del cuerpo humano. En un principio, fueron unos tubos que llevaban en su ex­tremidad una lamparita eléctrica que per­mitía la observación por medio de un juego de lentes. Más tarde se pudieron construir endoscopios constituidos por haces de finas fibras de silicio que, a la manera de un surtidor, conducen la luz que se les envía y la que vuelve de cada punto observado (es menester una fibra por punto). Como la fuente de luz es ex­terna, puede ser tan potente como se de­see, sin peligro alguno para el paciente. Este instrumento permite la fotografía y la cinematografía endoscópicas. Basándose en el nuevo endoscopio, con­cebido y puesto a punto por él mismo, el ingeniero Jacques Vulmiére ha construido el maquetoscopio, que permite obtener de una maqueta la visión que tendría un es­pectador liliputiense que se desplazara por el suelo de la maqueta, evolucionando a su antojo entre las minúsculas masas que figuran los volúmenes edificados, para poder apreciar las proporciones, las perspectivas, la iluminación, etc. Es éste un precioso instrumento para los urbanis­tas, los arquitectos y los decoradores.