¿Cómo trabaja un pararrayos?

   Benjamín Franklin concibió su pararrayos mientras efectuaba una serie de experimentos sobre la propiedad que tienen las puntas agudas, puestas en contacto con la tierra, de des­cargar los cuerpos electrizados situados en su proximidad.

   El pararrayos obtuvo un éxito que se pue­de clasificar de fulminante; y nunca mejor dicho. Hasta la moda se apoderó de él: las elegantes se paseaban bajo sombrillas de larga punta equipadas con una cade­nilla metálica que se arrastraba por el suelo.

   Nuestros pararrayos clásicos reprodu­cen el dispositivo ideado por Franklin. Están compuestos por una barra de hierro coronada por una punta de cobre o de pla­tino colocada en la parte más alta del edificio que protegen. La barra está unida, mediante un cable conductor, a la toma de tierra (prolongación del conductor que se ramifica en el suelo, o placas conductoras también enterradas, o bien un tubo sumer­gido en el agua de un pozo). En principio, el diámetro de la zona de acción de un pararrayos es igual a su altura desde el suelo. El mejor dispositivo de protección está constituido por la jaula de Faraday; es decir, por un contorno rodeado de conductores. Esta función se cumple per­fectamente en los inmuebles modernos, hechos de cemento o de hormigón arma­do. Un automóvil, un avión, ambos de construcción metálica, son también ver­daderas jaulas de Faraday, que ponen a los pasajeros al abrigo del rayo. En cuanto al fenómeno del relámpago, ha resultado mucho más complejo de lo que se creía. En principio existe cierto número de descargas parciales invisibles —tres, cuatro, a veces más—, separadas por intervalos de una centésima de segun­do, y que, en conjunto, duran algunas décimas de segundo. Cada una de estas descargas parciales sigue casi el mismo trayecto trazado por las precedentes. Cuando el último de estos trazos prelimi­nares llega a 100 o 150 m por encima del suelo, se establece una unión con los efluvios que suben a su encuentro, y el trazo brillante de retorno (es el relámpago que se ve, porque todo lo anterior ha es­capado a la mirada) se eleva entonces hacia la nube por el canal conductor que ha sido establecido por los trazos prece­dentes, llevando una corriente que puede llegar a los 100000 amperios. Así pues, los deslumbrantes relámpagos que parecen sembrar en la tormenta unas raíces de oro verde, no caen, como suele creerse: ¡suben!