Terencio

Terencio
   Terencio (194-159 a. de C.). Publius Terentim Afer nació en Cartago (África) y era probablemen­te de origen beréber; llegó a Roma como esclavo del senador Terencio Lucano, que lo manumitió. Pronto logró un puesto importante en la sociedad romana y trabó gran amistad con los ciudadanos más cultos e ilustres; la maledicencia pública afirmaba que di­chos nobles tomaban parte en la elaboración de sus comedias. Sea o no sea ello verdad, lo cierto es que el liberto fue admitido entre la nobleza romana: al­gún tiempo después de su muerte, una hija suya se casó con un patricio. Terencio murió, sin duda, en un viaje de estudios que hizo a Grecia y Asia, quizás en un naufragio cuando ya regresaba.

   Terencio tuvo en todo instante el sentido de la ponderación y del buen gusto, frente a Plauto, más creador, quien tuvo un sentido exacto y fecundo de lo popular. César lo calificó de dimidiatus Menander, y ya es mucho que un hombre de tal jerarquía dijera eso de un liberto del siglo anterior. ¿Se refe­ría a ponderación y no a mediocridad? No es fácil, pero sería más justo. El excelente comediógrafo latinoafricano careció de verdadera originalidad crea­dora, pero fue un hombre de gran sensibilidad y exquisitez: "soy hombre y nada humano me es aje­no", decía. Ésta y otras sentencias de Terencio, tomadas de la filosofía griega, nos muestran al escritor y artista en su más peculiar aspecto.

   Seis, son sus comedias: Andria (La doncella de Andró), Eunucus (El eunuco); Heatttontimorumenos (El que se atormenta a sí mismo); Phormio; Hecyra (La suegra) y Adelphoe (Los dos hermanos).

   Horacio expresó su admiración por la obra del gran comediógrafo; Quintiliano la calificó de elegantissima. La mayor parte de sus argumentos son tomados de Menandro. Cuando César habla de vis cómica, frase incorporada al lenguaje moderno de todos los pueblos, no parece querer decir lo que la posteridad ha interpretado. Algunos críticos creen que después del primer vocablo, último de un verso, debe ir una coma, con lo que resultaría el adjetivo comica acompañando a un vocablo posterior: virtus, y no a vis. Son muchos los investigadores y críticos que opinan que el juicio de César acerca de Teren­cio es un elogio y no una censura.