Lianas y plantas epífitas

En busca del sol
bromelia epífita
planta epífita
Para alcanzar la luz que necesitan para vivir en los bosques sombríos, las lianas y las epífitas dependen, en sus modos peculiares, de plantas más fuertes, como los árboles, que les sirven de apoyo. Eleván­dose desde el suelo en que arraigan, las lianas pue­den subir retorciéndose, trepando, e hincándose en los árboles que les sirven de tablado con la ayuda de diversos medios, como zarcillos, espinas o raíces. Las lianas más familiares de la zona templada, como la hiedra y la madreselva, poseen tallos finos. Pero en los trópicos, más húmedos y favorables para su pleno desarrollo, hay especies que poseen tallos gruesos como un brazo. No son parásitas, sino que buscan su alimento y agua del suelo, y sus flexibles tallos leñosos poseen tubos conductores adaptados a sus enormes longitudes, que pasan de 200 m. en algunos bejucos trepadores. Una vez que las lianas han atravesado el techo del bosque, emiten hojas y flores, invisibles desde el suelo del bosque, donde sólo una maraña de tallos indica la vida en lo alto.

Vidas extrañas sobre plataformas
El problema particular con que se enfrentan las epífitas, por haber sacrificado todo contacto con el suelo en sus esfuerzos por alcanzar la luz so­lar, es asegurarse los productos nutritivos y el agua. Sin raíces en el suelo, han tenido que des­arrollar mecanismos para aprovechar cada partí­cula de humus y gota de humedad. Aquí se pre­sentan algunos: las hojas jugosas y de piel grue­sa que retienen agua de la bromeliácea de la fi­gura de la izquierda, y el retículo de raíces aéreas que salen del aro de la figura inferior derecha. Algunas de estas plantas, como los aros epífitos, dejan caer sus raíces hasta 20 m. para captar agua de un arroyo o río. Entre las epífitas menos es­pectaculares y más familiares hay líquenes, mus­gos, hepática, helechos, y hasta algunos cactos.