¿Cómo descubrieron los Curie el elemento radio?

UN ELEMENTO MISTERIOSO
   Mientras los esposos Curie trabajaban en la Universidad, en la cámara oscura del modesto laboratorio parisiense del profesor Henri Becquerel, ocurrió un hecho extraordinario. Un paquete de sales de uranio que el profesor había dejado en la penumbra sobre una placa fotográfica la había im­presionado atravesando el papel que la envolvía. Becquerel intuyó inmediatamente que las sales de uranio emitían rayos espontáneamente; además, examinando la pechblenda, el principal uranífero, observó que éste manifestaba una acción fotográfica mucho mayor de la que pudiera haber correspon­dido a su contenido de uranio. Dedujo que la pechblenda debía contener otro elemento dotado de una fuerza de im­presión de las placas muy superior a la del uranio.
   Becquerel conocía a los Curie y su capacidad: le habló a Marie de su descubrimiento y le preguntó si quería ocuparse de las investigaciones. Entusiasmada, Marie aceptó y hasta convenció a su marido: "Estoy segura — le dijo — de que la impresión de la placa depende de un elemento desconocido". Consultaron a Mendeleiev, el creador de la tabla de los ele­mentos, y éste, desde Petersburgo, respondió que en sus tablas existía un espacio disponible para un elemento de ese tipo. Los Curie, entonces, abandonaron todas las otras investiga­ciones para dedicarse a la del nuevo elemento.
   Les fue cedido un pequeño depósito en la planta baja de la Escuela de Física. Se trataba de un local húmedo, donde se guardaban las máquinas fuera de uso. Los Curie escribieron al gobierno austríaco, que era el propietario de las minas de pechblenda de San Joachimsthal, en Bohemia, y, algunos días más tarde, descargaban desde un carro, en el patio frente al depósito, una tonelada de residuos de pechblenda. Comenzó para los Curie una labor agotadora. Se pasaban días enteros revolviendo la masa de pechblenda en ebullición con una gran barreta de hierro. Los sofocantes vapores transformaban el local en un verdadero infierno. El humo acre irritaba los ojos y la garganta, pero los dos sabios pro­seguían heroicamente su labor, día tras día.
   Mientras tanto, la tonelada de pechblenda quedó reducida a unos cincuenta kilos y, en julio de 1898, los Curie aislaban un nuevo elemento, trescientas veces más activo que el uranio. Marie resolvió denominarlo "polonio", tomando este nombre del de su patria. El fatigoso trabajo prosiguió; sobre las desvencijadas mesas se acumulaban productos cada vez más concentrados y más ricos en uranio, reducidos finalmente a unos pocos gramos. En 1902, cuarenta y cinco meses des­pués de comenzar las investigaciones, Marie fue la primera persona que pudo contemplar en una probeta una pizca de polvo blanco, opaco, parecido a la sal de cocina: el radio. La gran meta había sido alcanzada y los esposos Curie pu­dieron anunciar al mundo la existencia de un nuevo elemento, ¡dos millones de veces más radiactivo que el uranio! El des­cubrimiento maravilló al mundo entero: los Curie se hicieron famosos, recibiendo toda clase de honores. Algunos meses más tarde obtenían el Premio Nobel, conjuntamente con Becquerel, que había indicado a Marie la senda de las inves­tigaciones.
   Ésta era feliz: su primera hija Irene, nacida durante el glorioso y terrible período de las investigaciones, contaba ya siete años (ella también llegó a ser una científica ilustre y recibió el Premio Nobel en 1935). En 1904 nacía la segunda hija, Eva, y un año más tarde Pierre Curie fue electo acadé­mico de Francia y se lo nombró profesor de física en la Sor­bona. Todo se desarrollaba de la mejor manera posible.


CÓMO MURIERON LOS ESPOSOS CURIE

   El 19 de abril de 1906 era un día lluvioso. A las 14 y 30 Pierre Curie salía de la Facultad de Ciencias y, cuando cruzaba distraídamente la Rué Dauphine, se encontró de pronto frente a un gran carro que se le venía encima. Sorprendido, intentó to­marse de la pechera del caballo, pero resbaló sobre el pavi­mento mojado y cayó bajo las ruedas; el carro, con su peso de seis toneladas le pasó por encima, causándole la muerte.
   Marie no se dejó abatir por el cruel dolor y se dedicó con más ahínco aún a su trabajo. Un mes más tarde le fue confiada la cá­tedra de su esposo en la Sorbona. En 1911 se le confirió el Premio Nobel de Química; nadie más en el mundo había recibido dos de estos premios. Tras haber fundado el gran "Instituto del Radio" en París, Marie Curie falleció el 4 de julio de 1934, en un sana­torio de Alta Sabaya, víctima de una prolongada exposición al radio: el elemento que después de la gloria le trajo la muerte.