¿Quién fue Madame de Sévigné?

   Madame de Sévigné (1626-1696), cuyo nombre de nacimiento era Marie de Rabutin-Chantal, hija del Barón de Chantal, fue una mujer francesa bella, brillante, de corazón ge­neroso; su correspondencia con su hija ausente la hizo famosa en el mundo de las letras. Huérfana de padre y madre muy niña, la educó su tío paterno, él abad Cristóbal de Coulanges. Era una hermosa joven rubia, de ojos brillantes y de maneras elegan­tes y graciosas cuando se casó, a los 18 años, con un marqués derrochador y pendenciero, Henri de Sévigné, que murió en un duelo y la dejó con un niño y una niña a los 26 años de edad. En el círculo de la nobleza francesa en que se movía, era querida y admirada por su belleza, por su conversación deliciosa y por la nobleza de su cora­zón. Hablaba francés, espa­ñol e italiano, y conocía bien el latín. Era su debilidad el ser tal vez excesivamente generosa, debilidad que se manifestó principalmente en un afecto y un amor exage­rado por sus hijos.
   Cuando su hija se casó con el Conde de Grignan, teniente general de la Provenza, y éste se la llevó a su guarnición, lejos de París, Madame de Sévigné quedó desconsolada; pero gracias a ello, escribió sus magnífi­cas Cartas, dirigidas a lo largo de muchos años a su hija. Estas misivas, que no siempre fueron enviadas, es­tán llenas de pequeñas mur­muraciones y chismes que explican mejor que más se­rios y trascendentales do­cumentos y relatos o que la historia más solemne, lo que en realidad era la vida cortesana en aquellos días.
   Pero lo que motiva principalmente la ad­miración que despier­tan estas Cartas es el profundo afecto, el brillante humor, la sin­ceridad y la esponta­neidad con que están escritas. Madame de Sévigné parece haber vertido sobre el papel en forma artística to­da su deliciosa, obser­vadora y alegre vita­lidad.
   Las cartas de Madame de Sé­vigné, en número de cerca de 1 500, son un monumento de la literatura epistolar.
   Además de las escri­tas a su hija, se con­servan otras dirigidas a diversos personajes de aquel tiempo, y todas son verdaderas joyas lite­rarias y modelos ejemplares del género epistolar.